5 beneficios de comer granada
Salud

5 beneficios de comer granada

Por Eloísa Carmona - Agosto 2020
Famosa por aportarle el rojo a los chiles en nogada, la granada es una fruta poco ordinaria. Entre sus propiedades tenemos que es una gran fuente de agua, de potasio y es uno de los alimentos más nutritivos que tenemos. Además, cuenta con muchos otros beneficios para la salud.

Una porción de granada de 174 gramos contiene 7 gramos de fibra, 3 gramos de proteína, 24 gramos de azúcar y 144 calorías, y cubren 30 por ciento de la ingesta diaria recomendada de vitamina c, 36 por ciento de la vitamina k y 12 por ciento de potasio.

Entre sus beneficios, la granada o el jugo de granada cuenta con efectos antiinflamatorios, ayuda a regular la presión sanguínea, puede funcionar para prevenir la pérdida de la memoria y puede resultar un buen aliado para combatir bacterias e infecciones micóticas, conoce más de las propiedades de esta fruta y aprovéchalas incluyéndola en tu alimentación.

1. Buena para cuando te ejercitas

Aún no hay mucha investigación y se requieren de más estudios, pero los que ya se han realizado, han mostrado que la granada es rica en nitratos dietéticos que mejoran el rendimiento del ejercicio.

Por ejemplo, un estudio con 19 atletas que corrían en una caminadora mostró que un gramo de extracto de granada consumido 30 minutos antes del ejercicio mejoró significativamente el flujo sanguíneo, retrasó la fatiga y aumentó la eficiencia del ejercicio.

2. Puede ayudar a combatir infecciones bacterianas y micóticas

Algunos de los compuestos vegetales de la granada tienen propiedades antibacterianas y antimicóticas. De hecho, se ha demostrado que combaten algunos tipos de bacterias, como la levadura Candida albicans y comer granada también puede protegerte contra infecciones e inflamación en la boca. Esto incluye afecciones como gingivitis, periodontitis y estomatitis por dentadura postiza.

3. Ayuda abajar la presión sanguínea

Un estudio obtuvo como resultado que las personas con hipertensión, o presión arterial alta, mostraran una reducción significativa de la presión arterial después de consumir 5 onzas (150 ml) de jugo de granada al día, durante dos semanas, mientras que otros estudios han encontrado efectos similares, especialmente para la presión arterial sistólica, que es el número más alto en una lectura de presión arterial.

4. Contiene uno de los mejores antioxidantes

Las granadas contienen dos sustancias únicas que son responsables de la mayoría de sus beneficios para la salud: las punicalaginas, un antioxidante y el ácido púnico, que se encuentra en el aceite de semilla de granada y es el principal ácido graso de los arilos.

Ambos le dan sus propiedades más importantes a la granda, pero las punicalaginas son antioxidantes extremadamente potentes que se encuentran en el jugo y la piel de granada. Son tan poderosos, que el jugo de granada tiene tres veces la actividad antioxidante del vino tinto y el té verde.

5. Posee efectos antiinflamatorios

Las granadas tienen propiedades antiinflamatorias potentes, las cuales están mediadas en gran medida por las propiedades antioxidantes de las punicalaginas.

Estudios realizados en probeta han demostrado que pueden reducir la actividad inflamatoria en el tracto digestivo, por ejemplo, y si buscas reducir la inflamación en tu cuerpo, la granada es una excelente adición a tu dieta.

La granada tiene una amplia gama de beneficios y puede ayudarte a reducir el riesgo de diversas enfermedades graves, puede mejorar la memoria y tu rendimiento en el ejercicio. No importa si te gusta comer los arilos o si prefieres el jugo, incluir granada en tu día a día será una gran forma de obtener los muchos beneficios para la salud que ofrecen.

Recetas con granada:

Gelatina de naranja con yogurt granada

Cheesecake de granada



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Anna Ross
03/09/2020 08:30:36
Ademas de todos sus beneficios es deliciosa
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Esta temporada está cayendo como cubetada de agua fría, sobre todo con el retorno al semáforo rojo. Las interrogantes son demasiadas: ¿Tendremos Navidad? ¿Cuántos seremos? ¿Cocinamos o pedimos? ¿Cuánto gastaremos? Y mientras dudamos de todo y de todos, hay algo que no podemos perder. Puede que seamos dos en la mesa, pero ¿por qué privarnos también de nuestro pavo con gravy, de nuestros tamales, de aquello que ansiamos probar? Aun con todo, es Navidad. La celebración es la fecha misma como también la comida que se sirve a la mesa y el amor que nos damos. Habremos de convivir con el núcleo más cercano por las próximas semanas sin siquiera sacar la mano por la ventana. La celebración –ésta y la de vivir– no tiene que ver con lo que pasa afuera como con el acto de agradecer y bendecir. Las Navidades son extrañas, no lo niego. Casi siempre tienen algo agridulce –excepto cuando eres niño y todo es jugar con los primos y descubrir qué regalo se esconde bajo la envoltura–. Por ellos, por nosotros: merecemos una Navidad como ninguna otra. Esta vez seremos los elementales y bastará.La comida nos salvará más que nunca. Para ello habremos de cocinar con alegría y ponerle intención a la comida; llenarla de eso que nos deseamos a nosotros y a la familia. Nos reuniremos alrededor de un pavo horneado con amor, de esa pasta por la que esperamos un año entero y que nos sabe a paz. Nos tomaremos un momento para agradecer lo que sí tenemos: la abuelita que aún sonríe en un extremo de la mesa, la ensalada de manzana que este año quedó más rica, la hermosa llegada de Ana a la familia, el olor a pay de manzana que llena la casa.Dicen que la comida no hace milagros –o sí, aunque nadie lo ha documentado– pero es el vínculo más inmediato con la vida. Cenar rico puede hacernos olvidar el miedo. Además, como en las películas, puede ser el inicio de nuestro propio cuento navideño al que probablemente le falten los villancicos, la nieve o la gente, pero le sobre emoción.Y si todavía no están convencidos de que la comida salva les quiero compartir mi propia historia de Navidad, una en la que un plato de bacalao me devolvió la esperanza. Y sí, ya les conté el final.**************El aroma del bacalao siempre me lleva a ese veintidós de diciembre en el que mi mamá y mi tía cocinaban varios platillos a la vez. Mi abuelita llevaba dos semanas grave. Ellas, tan expertas en la cocina, flaqueaban casi imperceptiblemente: a veces se les caían cosas al piso, se les olvidaba poner ingredientes, los intercambiaban. La tristeza no le impediría a la familia Molina celebrar la Noche Vieja.En esa cocina las ollas sobre el fuego eran la única señal de vida. La de barro llevaba horas borboteando. Como cada año, era tan grande que le cabía bacalao para alimentar a más de quince durante la cena y el recalentado y rellenar un bote de yogurt para que cada familia se llevara. De la cazuela emanaba el olor a los ajos fritos en el aceite, el sofrito de jitomate con las cebollas y las aceitunas, al pescado previamente desalado. En otras palabras, olía a Navidad. Mi abuelita mientras tanto estaba en su cuarto. No lo sabíamos, pero le restaban unas pocas horas de vida. Recuerdo que entre la pelada de papas y manzanas me escabullí de mis labores de cortadora oficial para ir a verla. Apenas entré, la vi enderezada. Algo la tenía en alerta y mi corazón lo sintió. Mi abuelita inspiró profundamente y con voz grave desde su cama me dijo: –“Dile a tu mamá que a ese bacalao le hace falta sal”. Confieso que me quise reír. Nunca vi venir esa afirmación y menos en el contexto. Para mí, no hay un momento de más lucidez.Corrí hasta la cocina, llegué al bacalao. Tomé una cucharada y ¡rayos!, efectivamente le hacía falta sabor. Tomé un par de puñitos de sal y los fui integrando hasta sentir que estaba en su punto. Noté que el olor cambió. Ella lo sabía: conocía a la perfección a qué debe oler un bacalao hecho para sacar suspiros.Esa tarde mi abuela se devoró una torta de bacalao. Fue lo último que pidió. El veinticuatro pasamos la Navidad como pudimos, ya sin ella. A penas en el recalentado me entraron ganas de volver a probar el guiso. A la primera mordida conecté con la esperanza, con el legado de mi abuelita, con eso que resultó ser mi última experiencia con ella. En ese momento tuve una revelación: quería que la cocina y la comida se convirtieran en mi vínculo con la vida y con mis ancestras. A los pocos meses dejé mi trabajo y diez años después, me dedico plenamente a la comida. La comida del corazón salva, cura, da esperanza. Y eso es justo lo que deseo para ustedes: que haga su magia en sus mesas, en su noche, en sus días. ¡Feliz Navidad!
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