¿Qué hacer después con la comida de la ofrenda?
Halloween y Día de Muertos

¿Qué hacer después con la comida de la ofrenda?

Por Kiwilimón - Octubre 2019
Día de Muertos es una fiesta reconocida en el mundo entero que da identidad a todos los mexicanos. Su colorido, sus olores, las tradiciones y todo lo que la rodea hace que sea una experiencia de sensaciones y muchos sentimientos.

Sin duda, el elemento más importante dentro de este festejo es la ofrenda de muertos. La ofrenda es una gran tradición mexicana que debemos preservar y que consiste en varios pisos, donde se fusionan el sincretismo de las religiones prehispánicas con la religión católica.

Los niveles básicos de una ofrenda de muertos son el cielo y la tierra, pero puede tener hasta siete niveles, donde cada escalón simboliza los pasos necesarios para llegar a Mictlán, el inframundo en la mitología mexicana y el lugar del eterno reposo.

Así, la ofrenda se coloca sobre una mesa, en alguna habitación dentro del hogar, y será éste el lugar donde estarán las ofrendas del Día de los Muertos, para las almas que vengan de visita.

Según la creencia, los objetos y la comida colocada en la ofrenda atraen a los espíritus y sirven para facilitar el viaje desde Mictlán hasta las casas de sus familiares, con el fin de disfrutar una noche de fiesta, con ellos, una vez más.

Se sabe que hay que que poner la comida que le gusta a nuestros seres queridos que han fallecido, pero ¿qué se hace con la comida de la ofrenda de Día de Muertos después?

A pesar de que la tradición dicta que los familiares vienen del más allá para disfrutar de la comida y muchas personas creen que después de la visita los alimentos quedan sin sabor, te daremos algunas opciones de lo que se puede hacer con la comida al quitar la ofrenda.

En realidad, la mayoría de los alimentos se pueden comer y, en algunas ocasiones, se reparten entre las personas que ayudaron a colocar el la ofrenda.

Algunos alimentos preparados, como guisados, es mejor desecharlos, pues no es higiénico comerlos después, debido a los días que estuvieron en la intemperie.

Si ya sigues prácticas de reciclaje de alimentos en casa, no dudes en hacerlo con estos alimentos también.

Ahora que lo sabes, no queda más que disfrutar de estos momentos en familia y para preservar nuestras tradiciones.
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Esta temporada está cayendo como cubetada de agua fría, sobre todo con el retorno al semáforo rojo. Las interrogantes son demasiadas: ¿Tendremos Navidad? ¿Cuántos seremos? ¿Cocinamos o pedimos? ¿Cuánto gastaremos? Y mientras dudamos de todo y de todos, hay algo que no podemos perder. Puede que seamos dos en la mesa, pero ¿por qué privarnos también de nuestro pavo con gravy, de nuestros tamales, de aquello que ansiamos probar? Aun con todo, es Navidad. La celebración es la fecha misma como también la comida que se sirve a la mesa y el amor que nos damos. Habremos de convivir con el núcleo más cercano por las próximas semanas sin siquiera sacar la mano por la ventana. La celebración –ésta y la de vivir– no tiene que ver con lo que pasa afuera como con el acto de agradecer y bendecir. Las Navidades son extrañas, no lo niego. Casi siempre tienen algo agridulce –excepto cuando eres niño y todo es jugar con los primos y descubrir qué regalo se esconde bajo la envoltura–. Por ellos, por nosotros: merecemos una Navidad como ninguna otra. Esta vez seremos los elementales y bastará.La comida nos salvará más que nunca. Para ello habremos de cocinar con alegría y ponerle intención a la comida; llenarla de eso que nos deseamos a nosotros y a la familia. Nos reuniremos alrededor de un pavo horneado con amor, de esa pasta por la que esperamos un año entero y que nos sabe a paz. Nos tomaremos un momento para agradecer lo que sí tenemos: la abuelita que aún sonríe en un extremo de la mesa, la ensalada de manzana que este año quedó más rica, la hermosa llegada de Ana a la familia, el olor a pay de manzana que llena la casa.Dicen que la comida no hace milagros –o sí, aunque nadie lo ha documentado– pero es el vínculo más inmediato con la vida. Cenar rico puede hacernos olvidar el miedo. Además, como en las películas, puede ser el inicio de nuestro propio cuento navideño al que probablemente le falten los villancicos, la nieve o la gente, pero le sobre emoción.Y si todavía no están convencidos de que la comida salva les quiero compartir mi propia historia de Navidad, una en la que un plato de bacalao me devolvió la esperanza. Y sí, ya les conté el final.**************El aroma del bacalao siempre me lleva a ese veintidós de diciembre en el que mi mamá y mi tía cocinaban varios platillos a la vez. Mi abuelita llevaba dos semanas grave. Ellas, tan expertas en la cocina, flaqueaban casi imperceptiblemente: a veces se les caían cosas al piso, se les olvidaba poner ingredientes, los intercambiaban. La tristeza no le impediría a la familia Molina celebrar la Noche Vieja.En esa cocina las ollas sobre el fuego eran la única señal de vida. La de barro llevaba horas borboteando. Como cada año, era tan grande que le cabía bacalao para alimentar a más de quince durante la cena y el recalentado y rellenar un bote de yogurt para que cada familia se llevara. De la cazuela emanaba el olor a los ajos fritos en el aceite, el sofrito de jitomate con las cebollas y las aceitunas, al pescado previamente desalado. En otras palabras, olía a Navidad. Mi abuelita mientras tanto estaba en su cuarto. No lo sabíamos, pero le restaban unas pocas horas de vida. Recuerdo que entre la pelada de papas y manzanas me escabullí de mis labores de cortadora oficial para ir a verla. Apenas entré, la vi enderezada. Algo la tenía en alerta y mi corazón lo sintió. Mi abuelita inspiró profundamente y con voz grave desde su cama me dijo: –“Dile a tu mamá que a ese bacalao le hace falta sal”. Confieso que me quise reír. Nunca vi venir esa afirmación y menos en el contexto. Para mí, no hay un momento de más lucidez.Corrí hasta la cocina, llegué al bacalao. Tomé una cucharada y ¡rayos!, efectivamente le hacía falta sabor. Tomé un par de puñitos de sal y los fui integrando hasta sentir que estaba en su punto. Noté que el olor cambió. Ella lo sabía: conocía a la perfección a qué debe oler un bacalao hecho para sacar suspiros.Esa tarde mi abuela se devoró una torta de bacalao. Fue lo último que pidió. El veinticuatro pasamos la Navidad como pudimos, ya sin ella. A penas en el recalentado me entraron ganas de volver a probar el guiso. A la primera mordida conecté con la esperanza, con el legado de mi abuelita, con eso que resultó ser mi última experiencia con ella. En ese momento tuve una revelación: quería que la cocina y la comida se convirtieran en mi vínculo con la vida y con mis ancestras. A los pocos meses dejé mi trabajo y diez años después, me dedico plenamente a la comida. La comida del corazón salva, cura, da esperanza. Y eso es justo lo que deseo para ustedes: que haga su magia en sus mesas, en su noche, en sus días. ¡Feliz Navidad!
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