Tips para no subir de peso en Navidad

Por Kiwilimón - December 2014
  Estamos a unos días de empezar la temporada de brindis, cenas de Navidad,  posadas, comilonas y demás celebraciones que vienen acompañadas de un montón de calorías. Por ello, la Asociación Americana de Psicología y nuestras amigas de ActitudFem, nos brindan siete consejos que nos pueden ayudar a tomar acción contra el aumento de peso y, por ende, la obesidad: Piensa acerca de lo que comes y por qué. Lleva un registro de tus hábitos alimenticios y escribe todo lo que comes, el momento del día y la cantidad de comida.
  1. Registra también los pensamientos que tuviste en ese momento. ¿Estabas triste o molesta por algo? ¿O, acababas de tener una experiencia estresante y sentías la necesidad de comer "comida reconfortante"?
  2. Reduce las porciones cuando comas las mismas comidas. Además de hacer la dieta menos privativa, pronto quedarás satisfecha con las porciones más pequeñas. Esto también te dará una plataforma para reducir aún más tu apetito.
  3. Ten en cuenta que aunque tratar la obesidad ayuda a reducir los sentimientos de depresión, la pérdida de peso nunca tiene éxito si continúas agobiada por el estrés y otros sentimientos negativos. Puede que tengas que trabajar para resolver estos problemas antes de comenzar con un programa de pérdida de peso.
  4. Perder peso siempre es más fácil cuando se cuenta con el apoyo de los amigos y la familia. Intenta involucrar a toda tu familia para comer una dieta más saludable. Algunos hospitales y escuelas también patrocinan grupos de apoyo formados por personas que ofrecen unas a otras su valioso ánimo y apoyo. Las investigaciones muestran que quienes participan en estos grupos pierden más peso que si hacen dieta solos.
  5. Utiliza el "sistema de amigos". Pídele a un amigo o miembro de tu familia que esté "de turno" para ofrecerte apoyo moral cuando estás tentada de alejarte de tu nuevo estilo de vida. Simplemente asegúrate de no competir con esta persona para perder peso.
  6. No te obsesiones con los días cuando pierdes la disciplina y no puedes evitar comer más. A menudo, esto es un problema para las mujeres que tienden a ser muy duras consigo mismas al perder la disciplina. Pon atención al tipo de pensamientos o sentimientos que te llevaron a comer más ese día en particular, y cómo puedes sobrellevar de otra manera que no sea comiendo de más. Un psicólogo puede ayudarte a formular un plan de acción para controlar estos sentimientos incómodos.
La depresión puede ser resultado del estrés, que a su vez, puede causar un cambio en los hábitos alimenticios y actividades.  

Depresión y obesidad

De acuerdo con los expertos de esta organización, muchas personas con problemas para recuperarse de eventos repentinos o emocionalmente agotadores (como la pérdida de un amigo o familiar, problemas en las relaciones, perder el trabajo o enfrentar un problema médico serio) comienzan, sin darse cuenta, a ingerir demasiada comida o a abandonar el ejercicio. En poco tiempo, esto se transforma en un hábito que es difícil cambiar. Un estudio de la misma Asociación Americana de Psicología señala que la obesidad es acompañada, con frecuencia, de la depresión y una puede ocasionar e influir sobre la otra. Aunque el riesgo para las mujeres al tener un índice de masa corporal no saludable es ligeramente mayor al de los hombres, nosotras somos mucho más vulnerables al ciclo obesidad-depresión. En una investigación, la obesidad en las mujeres se asoció con un aumento de un 37% en la depresión grave. También hay una relación significante entre las mujeres con un alto índice de masa corporal y pensamientos de suicidio más frecuentes.

Lo que se puede hacer

Según los expertos de la Asociación Americana de Psicología, enfrentar la obesidad y problemas similares de control de peso requiere adoptar nuevos hábitos que fomenten un estilo de vida saludable, no solo se trata de intentar hacer cambios radicales en la dieta o patrones de actividad. Es importante considerar un enfoque de equipo que involucre a varios profesionales de salud para evitar pasar por alto actitudes y problemas emocionales que pueden haber causado la obesidad, opinan estos especialistas.   Ver artículo original    
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La historia del pan en San Cristóbal de las Casas inicia con las alforjas cargadas de trigo que viajaban, junto a rebaños y otros productos comestibles, con los castellanos que se asentaron en el Valle de Hueyzacatlán. Al asentamiento le siguieron consecuencias. Algunas evidentes, como la hegemonía del trigo en San Cristobal, indisputable hasta el siglo XIX y en relativa competencia con los tuxtlecos, que entraron en la escena en el XVII. Para entonces, las cartas estaban sobre la mesa: San Cristobal tenía ya una vocación panadera, una vocación imborrable, imperecedera.   Aunque de los molinos de la época quedan poco más que recuerdos —y una ruta que se puede hacer por la montañas en bicicleta—, en este destino chiapaneco la identidad sigue ligada al pan: al tradicional y al moderno, al coleto y al europeo. Así, el pan se asoma a la mesa del desayuno, se ofrece como colación a medio día o como cierre de la merienda. El pan está en las casas, en las cafeterías —que tampoco son pocas— y en los restaurantes. Mi primer encuentro con la panadería de la región fue fortuito —poco antes de enterarme que iba a escribir este artículo—. Fue en Sibactel y Aldama, dos de las 60 comunidades que producen café en Chiapas. Fue después de recorrer los cafetales, cerca del medio día. Fue en el patio de secado del beneficio comunitario de Sibactel, con una taza de pozol. Fue en casa del caficultor Pedro Vázquez, donde sus hijas disponen café de olla, horchata y una canasta copada de pan dulce como un gesto de hospitalidad. En esa primera ronda se me quedó impregnada la consistencia firme de los panes —muy distinta a la de los europeos con aire, suaves, esponjosos— y una nota de humo, siempre presente en las cocinas y los hornos de leña que, en este lado del mundo, todavía son comunes.  A mi vuelta al centro de San Cristóbal, y gracias a las recomendaciones de los chefs de Tierra y Cielo, llegué con más intención a la puerta de la panadería Fátima, un local de fachada bicolor —morado con blanco, reconocible a leguas— en la calle Benito Juárez, que tiene más de 30 años en operación.Los anaqueles de Fátima son una librería del amplio repertorio del pan coleto que además de lo ya dicho, es diverso en forma y fondo. Aquí verán montañas trigueñas de panes planos, enroscados o trenzados —mis favoritos—, con cortezas cubiertas de azúcar o ajonjolí, con migajones oscuros o amarillentos, preparados con piloncillo, canela y muchas veces con manteca. Los reconocerán también por su nombre de pila: cazuelejas —quizás las más famosas—, rosquillas, marquesotes, pan de yema o pan de manteca. Los amarán un poquito más porque son una ganga. A riesgo de parecer disco rayado —o la burra al trigo, en una analogía más pertinente—, quiero hacer hincapié en la textura de estos panes: esa que es firme, porosa, a veces arenosa, a veces crujiente. Si me preguntan, esa textura es pretexto, una provocación, un estado ideal que pide a gritos el ahogo de una bebida caliente —café, chocolate, atole, ustedes digan—.  Estudiosos del tema, como Edgar Zulca Báez, atribuyen esta característica a cuestiones más prácticas como la conservación, a que “su estructura compacta garantiza su integridad en el transporte y es resistente a la descomposición”, escribe el académico.Kievf y Marta —que en sus exploraciones panaderas preparan, entre otras cosas, panes de tascalate para el desayuno— me recomendaron complementar la expedición con las panaderías que siguen los pasos de la herencia danesa y francesa. Obediente, me dirigí a los hornos —de lugares como La Casa del Pan, Oh la lá y el Horno Mágico— que complementan, con bollería, croissants, empanadas de hojaldre, chocolatines y mantequilla, la escena panadera. Una historia que, por ahora, es harina de otro costal.
La historia del pan en San Cristóbal de las Casas inicia con las alforjas cargadas de trigo que viajaban, junto a rebaños y otros productos comestibles, con los castellanos que se asentaron en el Valle de Hueyzacatlán. Al asentamiento le siguieron consecuencias. Algunas evidentes, como la hegemonía del trigo en San Cristobal, indisputable hasta el siglo XIX y en relativa competencia con los tuxtlecos, que entraron en la escena en el XVII. Para entonces, las cartas estaban sobre la mesa: San Cristobal tenía ya una vocación panadera, una vocación imborrable, imperecedera.   Aunque de los molinos de la época quedan poco más que recuerdos —y una ruta que se puede hacer por la montañas en bicicleta—, en este destino chiapaneco la identidad sigue ligada al pan: al tradicional y al moderno, al coleto y al europeo. Así, el pan se asoma a la mesa del desayuno, se ofrece como colación a medio día o como cierre de la merienda. El pan está en las casas, en las cafeterías —que tampoco son pocas— y en los restaurantes. Mi primer encuentro con la panadería de la región fue fortuito —poco antes de enterarme que iba a escribir este artículo—. Fue en Sibactel y Aldama, dos de las 60 comunidades que producen café en Chiapas. Fue después de recorrer los cafetales, cerca del medio día. Fue en el patio de secado del beneficio comunitario de Sibactel, con una taza de pozol. Fue en casa del caficultor Pedro Vázquez, donde sus hijas disponen café de olla, horchata y una canasta copada de pan dulce como un gesto de hospitalidad. En esa primera ronda se me quedó impregnada la consistencia firme de los panes —muy distinta a la de los europeos con aire, suaves, esponjosos— y una nota de humo, siempre presente en las cocinas y los hornos de leña que, en este lado del mundo, todavía son comunes.  A mi vuelta al centro de San Cristóbal, y gracias a las recomendaciones de los chefs de Tierra y Cielo, llegué con más intención a la puerta de la panadería Fátima, un local de fachada bicolor —morado con blanco, reconocible a leguas— en la calle Benito Juárez, que tiene más de 30 años en operación.Los anaqueles de Fátima son una librería del amplio repertorio del pan coleto que además de lo ya dicho, es diverso en forma y fondo. Aquí verán montañas trigueñas de panes planos, enroscados o trenzados —mis favoritos—, con cortezas cubiertas de azúcar o ajonjolí, con migajones oscuros o amarillentos, preparados con piloncillo, canela y muchas veces con manteca. Los reconocerán también por su nombre de pila: cazuelejas —quizás las más famosas—, rosquillas, marquesotes, pan de yema o pan de manteca. Los amarán un poquito más porque son una ganga. A riesgo de parecer disco rayado —o la burra al trigo, en una analogía más pertinente—, quiero hacer hincapié en la textura de estos panes: esa que es firme, porosa, a veces arenosa, a veces crujiente. Si me preguntan, esa textura es pretexto, una provocación, un estado ideal que pide a gritos el ahogo de una bebida caliente —café, chocolate, atole, ustedes digan—.  Estudiosos del tema, como Edgar Zulca Báez, atribuyen esta característica a cuestiones más prácticas como la conservación, a que “su estructura compacta garantiza su integridad en el transporte y es resistente a la descomposición”, escribe el académico.Kievf y Marta —que en sus exploraciones panaderas preparan, entre otras cosas, panes de tascalate para el desayuno— me recomendaron complementar la expedición con las panaderías que siguen los pasos de la herencia danesa y francesa. Obediente, me dirigí a los hornos —de lugares como La Casa del Pan, Oh la lá y el Horno Mágico— que complementan, con bollería, croissants, empanadas de hojaldre, chocolatines y mantequilla, la escena panadera. Una historia que, por ahora, es harina de otro costal.
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