Arroooooozzzzzz: nosotros también te amamos
De Kiwilimón para ti

Arroooooozzzzzz: nosotros también te amamos

Por Shadia Asencio - Abril 2021
¿Otra vez arroz? Las cifras lo confirman: la gramínea salvaje favorita de todos se siembra en treinta y cuatro países; sus campos cubren más del 10% de las tierras fértiles del mundo y de él se alimenta más de la mitad de la población mundial, según la FAO, por arriba del trigo o el maíz. Es rico, es práctico y con un par de ingredientes se convierte en una elegía. 

Literalmente, todo el mundo come arroz. El pobre, el rico, el pequeño burgués, el asiático, el centroamericano, el africano. En Europa, los españoles le han dedicado algunos de sus mejores platos. En México, hasta canciones. Él es nuestro termómetro para saber si una mujer –y un hombre converso a la igualdad– puede casarse. Se avienta en las bodas a modo de confeti como símbolo de abundancia. Está presente en los altares del mundo para atraer la prosperidad. 

Su cultivo en Japón forma parte de una tradición ancestral que trasciende los temas culturales: actualmente existe una guerra de precios que favorece al mercado local a través de un alza arancelaria a los importadores. Su cultivo en el sudeste asiático es oficio heredado y un bello espectáculo en sus montañas trazadas en terrazas.

De arroces, no hay uno. Está el blanco, el integral, el glutinoso que es corto y dulce, el aromático como el basmati o jazmín, el moteado como el salvaje, que sabe mejor cuando se adiciona con frutos secos, menta y aceite de oliva. Su propia anatomía y su geolocalización culinaria harán más o menos común que se sirva al vapor como el gohan, frito como el yangzhou al estilo cantonés o enriquecido con mantequilla, aceite o caldos como el risotto italiano: caldo, vino blanco, queso parmesano y hongos salteados en mantequilla son el camino al cielo del umami.

El arroz pasa lista a todas horas en las mesas del mundo. Al desayuno, en varios países de Asia, especialmente en China, desfila el congee: un amasijo dulce o salado de arroz con más de dos mil años de antigüedad. En México lo infusionamos con azúcar para hacer arrocenas, lo servimos en tazones de cereal inflado con su respectivo chorrito de leche. Los deportistas lo convierten en su snack predilecto pues no contiene gluten: a una galleta de arroz le dan un embarradita de hummus, otra de aguacate, cherries y aceite de olivo. 

A la hora de la comida, la mejor expresión del arroz se alcanza en su versión caldosa o melosa. Ahí está el que se hace con mariscos, conejo y embutidos al estilo paella valenciana, o el negro, cuyo color y sabor se lo debe a la tintura del calamar. Habría que comerlo en una terraza de la costa catalana para sentir que no hay mejor platillo. Si va caldoso, no hay que perderse el arroz a la tumbada típico de Veracruz que quema la boca como pocos, o con pollo y judías como en la cocina española del levante.

En Cuba se mezcla con frijoles para representar unos moros con cristianos; en Perú el tacu-tacu se prepara con la menestra del día anterior, leguminosas como frijoles o lentejas y un sofrito de ají amarillo. En un menú chifa –como le llaman los peruanos a la gastronomía china– no faltará el arroz chaufa, frito con verduras cortadas en brunoise y salteado al wok con huevo para que amalgame. Sabe mejor con soya y con una buena dosis de grasita. En República Dominicana, otro gran productor de nuestro amado cereal, lo preparan con mariscos, con gandules o en un sofrito de verduras y tocino para la Navidad. 

Cargado en los barcos procedentes de España y Portugal, el arroz desembarcó en el continente. Hoy la gastronomía del Caribe no se entendería sin él. En cada país se le añade especias endémicas y embutidos populares para que tome sabor a platillo local. En Colombia está presente en su plato de desayuno por excelencia, la bandeja paisa; va también en el arroz atollado con pollo, cebolla, papa y pimientos, o con coco para acompañar un pargo frito y patacones. 

En Corea es un verdadero k-pop el bibimbap, un cuenco de arroz que siempre venden en las tiendas, y sirven con proteínas y vegetales mezcladas con aceite de sésamo y gochujang. En México, a nuestro arroz le damos gentilicios: “a la mexicana”, “poblano”.  El arroz es el plato infaltable de las fonditas. Que lleve huevo estrellado, que lleve plátano frito. Crema, por supuesto. No hay mejor inversión que esos $15 extra al precio del menú.

El de Maxweel Food Centre en Singapur es un agasajo: sobre un plato de plástico va una montaña de arroz y encima un pollo pochado con jengibre y hecho en sus jugos. Jugos y más jugos. En bebida alcohólica, no hay que perdérselo. El sake japonés hace gritar a todos ¡kampai! no importa la técnica de preparación y sus muy intrincadas acepciones.

Si alguien prefiere lo dulce, el arroz no lo decepcionará. En Japón no hay postre más socorrido que los mochis, un pastelito elaborado de arroz glutinoso que puede ir relleno de una pasta de soya, frijoles rojos o helado. Los nacionales lo hacemos en atole, o con leche y hervido con canela y azúcar. En Kiwilimón lo hemos hecho hasta en tarta con base de galleta. Lo hemos hecho de todas formas porque como con el arroz con leche, nos queremos casar… con él. 

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Tamales y su historia en América Latina
En México se envuelven en hojas de maíz conocidas como totomoxtle o de plátano, y pueden estar rellenos de mole, de cerdo, de pollo… pero los tamales no son endémicos de este país, sino de América Latina y también se comen en Honduras, Belice, Perú, Colombia, Brasil, Puerto Rico y otros países.Tamal, humita, nacatamales, chamos, pamoña o pache son algunas de las formas en las que la preparación de masa y relleno envuelta en hoja de maíz, plátano, canak, aluminio o incluso plástico cocida por lo general al vapor puede llamarse, según el lugar en el que se prepare.En muchos casos, el punto de partida de los tamales es el maíz, cuyo consumo desde la época prehispánica es primordial en América Latina y, de acuerdo con el historiador Humberto Rodríguez Pastor, el ejemplo prehispánico más cercano a los procesos de preparación de los tamales actuales son las humitas peruanas.Estas primeras preparaciones relacionadas a las humitas peruanas incluían maíz pero no relleno y es aquí donde la llegada de los españoles, como en muchos otras áreas, contribuye con su granito de arena, que en este caso tiene forma de manteca y carne de cerdo.En México la historia es otra, pues arqueológicamente, los tamales se han encontrado relacionados a la vida cotidiana de algunas culturas y estaban presentes en rituales religiosos, ofrendas y tumbas, además de que ya llevaban un relleno como pavo, rana, ajolote, conejo, frutas o frijoles, y no usaban grasa para elaborarlos. Eran tan comunes, que incluso se mencionan en el Códice Dresde, un libro de los mayas del siglo XI o XII.¿Cómo se llaman los tamales en América Latina?El nombre tamal está bastante extendido y aparte de México, se usa en Argentina, Colombia, El Salvador, Estados Unidos, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua y Panamá. En Venezuela existen las hallacas (también hayaca), las cuales se preparan en específico para Navidad y se hacen con harina de maíz, caldo de pollo, y pueden ir rellenas de carnes diferentes, como de cerdo, de res o de gallina.El bollo es de Belice, se envuelven en hoja de plátano y sus ingredientes incluyen pollo, cebolla, cilantro y achiote, mientras que en Puerto Rico se conocen como guanime a un tipo de tamal dulce con leche de coco, azúcar y harina de maíz, también envuelto en hoja de plátano.Bolivia y Perú comparten nombre, pero diferencian entre maíz tierno llamándolos humitas y maíz, con el nombre de tamales. Los nacatamales de Nicaragua también se diferencian de los llamados tamales allá porque llevan carne.México tiene una gran variedad de tamales con nombres diferentes: canarios, uchepos, chanchamitos, pibipollos, corundas, vaporcitos, xocos… las variedades por región abundan y pueden ser tanto dulces como saladas.Conocer de tamales es conocer de América Latina y su pasado, así que si tienes la oportunidad, no dudes de probar todos los que lleguen a ti. 
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