Chiles en nogada y otros platillos mexicanos con influencia española
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Chiles en nogada y otros platillos mexicanos con influencia española

Por Adriana Sánchez - Julio 2020
La comida tradicional mexicana es tan maravillosa que en 2010 fue declarada como Patrimonio de la Humanidad y es que además de ser exquisita, es un reflejo de la historia por la que ha atravesado México, desde la época prehispánica hasta la conquista española, de donde surgieron maravillosas combinaciones conocidas como platillos mestizos. Es por eso que hoy vamos a hablar de los mejores platillos mexicanos con influencia española.

Estos platillos mestizos tienen sus raíces en las culturas prehispánicas, que utilizaban ingredientes típicos como el maíz, la calabaza, el epazote, los aguacates, los chiles o los nopales y se mezclaron con productos españoles como el ajo, algunas especias o la carne de cerdo, formando así una sinergia culinaria llena de sabor y cultura.

Chiles en nogada

La comida tradicional mexicana de las fiestas patrias, es sin duda, el sabroso chile en nogada, hecho con ingredientes mexicanos como el chile poblano, pero combinado con ingredientes españoles, tal como las nueces de Castilla y la carne de puerco, traída por los conquistadores a nuestras tierras.

Pozole

No debe sorprendernos que el pozole mexicano también tenga influencia española, ya que a pesar de que el maíz cacahuazintle era un manjar para los gobernantes y sacerdotes en la época prehispánica, la carne de cerdo de los españoles llegó para sustituir otros ingredientes, dando como resultado este maravilloso potaje que se popularizó en todos los estados de México.



Mole rojo

El mole es uno de los más grandes ejemplos de comida mestiza, porque, aunque sus ingredientes más importantes son los chiles y el cacao, está hecho con almendras, ajonjolí, especias y otros elementos traídos desde España.

Barbacoa

La llegada de ingredientes del Viejo Mundo trajo consigo la importación de algunos vacunos, cabras, cerdo y corderos, que específicamente la cultura tlaxcalteca supo aprovechar bastante bien al aprender a envolverlos en pencas asadas de maguey y cocerlos en hoyos bajo la tierra, dándonos como resultado la deliciosa barbacoa que nadie se puede resistir.

Enchiladas

Otro platillo con influencia española versátil y muy rico, son las enchiladas, hechas con maíz y salsa de chiles endémicos y rellena de carnita o queso, cuyas raíces vienen de las guarniciones hispanas que trajeron los conquistadores.

Con estos platillos mestizos definitivamente podemos afirmar que la gastronomía mexicana no sería igual sin la herencia culinaria de España, ¿estás de acuerdo?
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La historia del pan en San Cristóbal de las Casas inicia con las alforjas cargadas de trigo que viajaban, junto a rebaños y otros productos comestibles, con los castellanos que se asentaron en el Valle de Hueyzacatlán. Al asentamiento le siguieron consecuencias. Algunas evidentes, como la hegemonía del trigo en San Cristobal, indisputable hasta el siglo XIX y en relativa competencia con los tuxtlecos, que entraron en la escena en el XVII. Para entonces, las cartas estaban sobre la mesa: San Cristobal tenía ya una vocación panadera, una vocación imborrable, imperecedera.   Aunque de los molinos de la época quedan poco más que recuerdos —y una ruta que se puede hacer por la montañas en bicicleta—, en este destino chiapaneco la identidad sigue ligada al pan: al tradicional y al moderno, al coleto y al europeo. Así, el pan se asoma a la mesa del desayuno, se ofrece como colación a medio día o como cierre de la merienda. El pan está en las casas, en las cafeterías —que tampoco son pocas— y en los restaurantes. Mi primer encuentro con la panadería de la región fue fortuito —poco antes de enterarme que iba a escribir este artículo—. Fue en Sibactel y Aldama, dos de las 60 comunidades que producen café en Chiapas. Fue después de recorrer los cafetales, cerca del medio día. Fue en el patio de secado del beneficio comunitario de Sibactel, con una taza de pozol. Fue en casa del caficultor Pedro Vázquez, donde sus hijas disponen café de olla, horchata y una canasta copada de pan dulce como un gesto de hospitalidad. En esa primera ronda se me quedó impregnada la consistencia firme de los panes —muy distinta a la de los europeos con aire, suaves, esponjosos— y una nota de humo, siempre presente en las cocinas y los hornos de leña que, en este lado del mundo, todavía son comunes.  A mi vuelta al centro de San Cristóbal, y gracias a las recomendaciones de los chefs de Tierra y Cielo, llegué con más intención a la puerta de la panadería Fátima, un local de fachada bicolor —morado con blanco, reconocible a leguas— en la calle Benito Juárez, que tiene más de 30 años en operación.Los anaqueles de Fátima son una librería del amplio repertorio del pan coleto que además de lo ya dicho, es diverso en forma y fondo. Aquí verán montañas trigueñas de panes planos, enroscados o trenzados —mis favoritos—, con cortezas cubiertas de azúcar o ajonjolí, con migajones oscuros o amarillentos, preparados con piloncillo, canela y muchas veces con manteca. Los reconocerán también por su nombre de pila: cazuelejas —quizás las más famosas—, rosquillas, marquesotes, pan de yema o pan de manteca. Los amarán un poquito más porque son una ganga. A riesgo de parecer disco rayado —o la burra al trigo, en una analogía más pertinente—, quiero hacer hincapié en la textura de estos panes: esa que es firme, porosa, a veces arenosa, a veces crujiente. Si me preguntan, esa textura es pretexto, una provocación, un estado ideal que pide a gritos el ahogo de una bebida caliente —café, chocolate, atole, ustedes digan—.  Estudiosos del tema, como Edgar Zulca Báez, atribuyen esta característica a cuestiones más prácticas como la conservación, a que “su estructura compacta garantiza su integridad en el transporte y es resistente a la descomposición”, escribe el académico.Kievf y Marta —que en sus exploraciones panaderas preparan, entre otras cosas, panes de tascalate para el desayuno— me recomendaron complementar la expedición con las panaderías que siguen los pasos de la herencia danesa y francesa. Obediente, me dirigí a los hornos —de lugares como La Casa del Pan, Oh la lá y el Horno Mágico— que complementan, con bollería, croissants, empanadas de hojaldre, chocolatines y mantequilla, la escena panadera. Una historia que, por ahora, es harina de otro costal.
Si eres amante del terror y misterio, vive una deliciosa y macabra experiencia con el increíble menú que te ofrece Lovecraft Café, el Kiwifav de la semana a cargo de nuestra coordinadora de marketing, Pamela Montaño. Lovecraft Café es una cafetería temática para los amantes del talentoso escritor de terror H.P. Lovecraft, donde podrán encontrar platillos deliciosos, postres en forma de calavera, corazón y partes del cuerpo, así como bebidas terroríficas que no podrán resistir.Al llegar a Lovecraft Café podrás encontrar unos grandes tentáculos abrazando una taza de café, siluetas de gatos y un techo oscuro, todo inspirado en la literatura de terror creada por H.P. Lovecraft, Edgar Allan Poe y Clive Barkets, entre otros, que te harán sentir que estás dentro de tu novela de terror favorita.Además de sus postres temáticos, como el clásico cráneo de chocolate o el almoahdón de plumas, en honor al famoso cuento de Horacio de Quiroga, podrás encontrar una gran variedad de cervezas artesanales, chapatas, snacks, sodas italianas y, por supuesto, café. ¡Seguro su personal te orientará a elegir la mejor opción para ti!En Lovecraft Café puedes llevar a tus peques, pues no tienen problema en recibir niños y además, podrás encontrar libros, juegos de mesa, muñecos y actividades que te acercarán más a la literatura oscura.Deja que el terror estimule tu imaginación, hambre y sed y visítalos de jueves a domingo en Lorenzo Bouturini esquina Calle 1325, en el centro de la Ciudad de México.
Cuando era chiquita habitaba en mí una fantasía. No es que me haya surgido de la nada. En el dos había una telenovela, La pícara soñadora, en la que la protagonista vivía dentro de una tienda departamental. Durante años me sobaba la cabeza la idea de pernoctar en un lugar en el que todo oliera a nuevo; un espacio en el que todos mis antojos estuvieran a mi disposición y en el que yo tuviera la posibilidad de estrenar a cada momento.Si por alguna razón mi fantasía se hiciera realidad en la actualidad, en el súper, iría directo al pasillo de verduras, al pasillo donde habita lo fresco y al de vinos. Porque aunque no sea la primera opción que se venga a la mente cuando pensamos en vinos, en ese frío espacio es posible encontrar etiquetas que encarnan lo bueno, lo bonito, lo barato.Ya sea que nos quedemos a vivir en una tienda –guiño, guiño– o simplemente queramos comprar vinos junto a la lista de la despensa, le pregunté a varios expertos cuáles eran sus recomendaciones. Esto fue lo que me dijeron. Para la periodista gastronómica Mariana Camacho, el denominado vinho verde –que en realidad es un vino blanco– de la bodega Casal García es una excelente opción cuando se busca maridar la primavera. Otros de su lista del súper son Flor de Vetus o María 1926, ambos de la uva tempranillo. Para el experto en vinos españoles Raúl Juárez, en su lista del súper no falta Protos, un Terras Gaudas blanco de la región de Rías Baixas, Ochoa Crianza Tempranillo y Marqués de Riscal de la Rioja. La sommelier de Bornos Bodegas y best sommelier del Concurso Nacional de Sommelier Jr de la ASI  2016 - 2019, Astrid Pérez Aguilar, recomienda el Rutini Malbec o la mezcla de cabernet sauvignon y malbec, de la misma bodega. “La verdad le tengo amor al país y a la bodega. Me parece que es una gran relación calidad precio”. En cuanto a espumosos, Astrid afirma que Kirkland Rosé cumple para saciar el antojo de burbujas sin tener que echar la casa por la ventana. De mexicanos, a ella le gusta el Monte Xanic Sauvignon Blanc, pues tiene “mucha elegancia y frescura”. Para el Head Sommelier de Acento Culinaria Pablo Mata, no hay pierde con Teziano Cabernet Sauvignon de la bodega de Valle de Guadalupe, Norte 32. Recomienda también la etiqueta argentina Catena Zapata Malbec High Mountains y, directo de la borgoña, un Bouchard Aîné & Fils Heritage Du Conseiller. “Son tres vinos de diferentes precios que por supuesto me compraría”.Raquel del Castillo, sommelier y editora gastronómica de Menú en el Universal, se inclina por un malbec de corte moderno como el Elsa Bianchi, el rosé de tempranillo de la bodega riojana Cune, o el Fonte Vinho Verde de Portugal. “Es de esos vinos ricos para platicar y pasar una tarde en el jardín. En nariz es frutal, con manzana verde, de cítricos recién cortados y mineralidad. En boca es de paso ligero y muy fresco. Le va bien a un ceviche, tataki de atún y pollo asado con sal y pimienta”.A mí personalmente me gusta Laus Chardonnay de la región del Somontano porque es súper fácil de beber, sobre todo si hay música de terraza, o bien, Flores de Callejo de Ribera del Duero si hay una tablita de carnes frías al centro. De mexicanos, el nebbiolo de L.A Cetto es garantía sin pretensiones para armonizar un plato de pasta bañada en salsa pomodoro.Expertos, novatos y aficionados, todos encontramos en el supermercado vinos con las tres B y que no estorban en el carrito, junto al kilo de jitomate saladet.¿Cuáles son los tuyos?
Aunque Malini Seetharam llegó a México en abril de 2018, su emprendimiento de cocina del norte y del sur de la India comenzó a provocar sonrisas a los citadinos desde mayo. Pero que no se piense que Malini aterrizó en el país siendo una cocinera novata. El sabor súper construido de sus platillos ya lo anuncia. Su camino profesional comenzó varios años antes, en Nueva Delhi, con el servicio personalizado que esta chef hacía posible en la cocina de su propia casa.Malini afirma que, “cocinar y servir siempre ha sido mi interés y un motivo de alegría”. Eso puede sentirse en los curries, en las phulkas y las dosas que ella misma confecciona diariamente, en los chutneys que varían cada día de sabor. “Mi objetivo ha sido el de explorar la armonía entre la cocina mexicana y la india, especialmente en la rica abundancia de especias que ambas utilizan, ya sea en el curry y en las salsas, así como en el popurrí de dulce-picante, picante-dulce”. Las notas especiadas de su cocina son adictivas para un mexicano. Lo dice su servidora quien, al menos una vez por semana, pide uno de los cuatro menús que Malini ofrece bajo pedido, con un día de anticipación. Eso sí: cada vez que me enfrento a sus menús debo investigar en San Google para obtener una imagen, una descripción, que me prevenga del banquete que recibiré vía UBER. La propuesta gastronómica de Malini no se limita a los platillos comodín de la cocina india. Ya saben, los típicos chicken tikka masala –que en realidad es creación inglesa y no india– o las samosas. Sus combinaciones son un viaje, que, sin conocer su país, te hacen imaginar paisajes, atardeceres, recuerdos a un lugar lejano y excitante. “Quiero llevar a mis comensales a una expedición culinaria a través de las delicias regionales de la India y brindarles una perspectiva completamente nueva sobre la amplia gama de opciones disponibles en mi cocina, mostrando también algunos platos tradicionales como dosas, idlis o vadas”. ¿Autenticidad? ¿Cultura comestible? Claro. Todo eso cabe en los tuppers que te llegan a tu casa antes de la hora de la comida.La cocina india puede ser tan golosa y sana como el cinturón mande. Por eso en su menú, Malini propone algunas opciones ligeras o vegetarianas en las que el dal fry o los garbanzos en curry brillan por el elegante balance entre sus especias. Ni quién se acuerde de la carne. “Me gusta también ofrecer una experiencia de comida casera sana y saludable para mis clientes, pero sin comprometer el sabor”. Vegetariano o con pollo, del norte o del sur de la India: el sabor de la cocina de Malini es un bordado preciso y alegre del producto mexicano y las sazones de su tierra.
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