5 alimentos que aumentan el Colágeno

Por Kiwilimón - Septiembre 2014

El colágeno es una de las proteínas más abundantes en el cuerpo que une y apoya los tejidos del cuerpo; mantiene la elasticidad y la fortaleza en la piel, los músculos, ligamentos, tendones y cartílagos.

Hay ciertos alimentos que ayudan al cuerpo a producir y restaurar el colágeno. Muchos de estos alimentos se pueden añadir en cualquier dieta con el fin de promover una mejor salud. Los alimentos que son ricos en proteínas y vitaminas K y C son ideales para la producción de colágeno.

Proteínas: La proteína contenida en las carnes tiene todos los aminoácidos esenciales para el cuerpo. Esto incluye la producción de colágeno. Consume carnes como pollo, res, pavo y pescado como fuente principal de proteínas. Los huevos también son ricos en proteínas junto con algunas nueces y semillas como las macadamias, las nueces de Brasil, semillas de calabaza, semillas de sésamo y semillas de girasol.

Productos lácteos: Están llenos de proteínas y son muy beneficiosos para la producción de colágeno en el cuerpo. Incluye leche, queso, yogur y requesón en tu dieta para ayudar en la producción de colágeno.

Frutas: Las frutas con alto contenido de vitamina C contribuyen a la producción de colágeno. Consume fresas, naranjas, pomelos, kiwis, limones, moras, grosellas, arándanos, ciruelas, bayas, higos morados, uvas moradas y papayas. También el tomate es una fuente muy buena.

Vegetales: Al igual que las frutas, las mejores opciones de vegetales para ayudar en la producción de colágeno son aquellos altos en vitamina C y vitamina K. Selecciona alimentos como los pimientos rojos, tomates, brócoli, coles de Bruselas, pimientos, col rizada, espinaca, remolacha, berenjena, espárrago morado, col, escarola, y coliflor.

Ácidos grasos: Los alimentos que contienen ácidos grasos omega 3 son perfectos para aumentar los niveles de colágeno. Los alimentos como el salmón, el bacalao, los anacardos y las nueces tienen una abundancia de ácidos grasos que ayudan a mantener la piel sana, suave y joven, combatiendo el envejecimiento y las arrugas.

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Esta temporada está cayendo como cubetada de agua fría, sobre todo con el retorno al semáforo rojo. Las interrogantes son demasiadas: ¿Tendremos Navidad? ¿Cuántos seremos? ¿Cocinamos o pedimos? ¿Cuánto gastaremos? Y mientras dudamos de todo y de todos, hay algo que no podemos perder. Puede que seamos dos en la mesa, pero ¿por qué privarnos también de nuestro pavo con gravy, de nuestros tamales, de aquello que ansiamos probar? Aun con todo, es Navidad. La celebración es la fecha misma como también la comida que se sirve a la mesa y el amor que nos damos. Habremos de convivir con el núcleo más cercano por las próximas semanas sin siquiera sacar la mano por la ventana. La celebración –ésta y la de vivir– no tiene que ver con lo que pasa afuera como con el acto de agradecer y bendecir. Las Navidades son extrañas, no lo niego. Casi siempre tienen algo agridulce –excepto cuando eres niño y todo es jugar con los primos y descubrir qué regalo se esconde bajo la envoltura–. Por ellos, por nosotros: merecemos una Navidad como ninguna otra. Esta vez seremos los elementales y bastará.La comida nos salvará más que nunca. Para ello habremos de cocinar con alegría y ponerle intención a la comida; llenarla de eso que nos deseamos a nosotros y a la familia. Nos reuniremos alrededor de un pavo horneado con amor, de esa pasta por la que esperamos un año entero y que nos sabe a paz. Nos tomaremos un momento para agradecer lo que sí tenemos: la abuelita que aún sonríe en un extremo de la mesa, la ensalada de manzana que este año quedó más rica, la hermosa llegada de Ana a la familia, el olor a pay de manzana que llena la casa.Dicen que la comida no hace milagros –o sí, aunque nadie lo ha documentado– pero es el vínculo más inmediato con la vida. Cenar rico puede hacernos olvidar el miedo. Además, como en las películas, puede ser el inicio de nuestro propio cuento navideño al que probablemente le falten los villancicos, la nieve o la gente, pero le sobre emoción.Y si todavía no están convencidos de que la comida salva les quiero compartir mi propia historia de Navidad, una en la que un plato de bacalao me devolvió la esperanza. Y sí, ya les conté el final.**************El aroma del bacalao siempre me lleva a ese veintidós de diciembre en el que mi mamá y mi tía cocinaban varios platillos a la vez. Mi abuelita llevaba dos semanas grave. Ellas, tan expertas en la cocina, flaqueaban casi imperceptiblemente: a veces se les caían cosas al piso, se les olvidaba poner ingredientes, los intercambiaban. La tristeza no le impediría a la familia Molina celebrar la Noche Vieja.En esa cocina las ollas sobre el fuego eran la única señal de vida. La de barro llevaba horas borboteando. Como cada año, era tan grande que le cabía bacalao para alimentar a más de quince durante la cena y el recalentado y rellenar un bote de yogurt para que cada familia se llevara. De la cazuela emanaba el olor a los ajos fritos en el aceite, el sofrito de jitomate con las cebollas y las aceitunas, al pescado previamente desalado. En otras palabras, olía a Navidad. Mi abuelita mientras tanto estaba en su cuarto. No lo sabíamos, pero le restaban unas pocas horas de vida. Recuerdo que entre la pelada de papas y manzanas me escabullí de mis labores de cortadora oficial para ir a verla. Apenas entré, la vi enderezada. Algo la tenía en alerta y mi corazón lo sintió. Mi abuelita inspiró profundamente y con voz grave desde su cama me dijo: –“Dile a tu mamá que a ese bacalao le hace falta sal”. Confieso que me quise reír. Nunca vi venir esa afirmación y menos en el contexto. Para mí, no hay un momento de más lucidez.Corrí hasta la cocina, llegué al bacalao. Tomé una cucharada y ¡rayos!, efectivamente le hacía falta sabor. Tomé un par de puñitos de sal y los fui integrando hasta sentir que estaba en su punto. Noté que el olor cambió. Ella lo sabía: conocía a la perfección a qué debe oler un bacalao hecho para sacar suspiros.Esa tarde mi abuela se devoró una torta de bacalao. Fue lo último que pidió. El veinticuatro pasamos la Navidad como pudimos, ya sin ella. A penas en el recalentado me entraron ganas de volver a probar el guiso. A la primera mordida conecté con la esperanza, con el legado de mi abuelita, con eso que resultó ser mi última experiencia con ella. En ese momento tuve una revelación: quería que la cocina y la comida se convirtieran en mi vínculo con la vida y con mis ancestras. A los pocos meses dejé mi trabajo y diez años después, me dedico plenamente a la comida. La comida del corazón salva, cura, da esperanza. Y eso es justo lo que deseo para ustedes: que haga su magia en sus mesas, en su noche, en sus días. ¡Feliz Navidad!
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