5 fáciles pasos para eliminar el consumo de GMOs en 2017
Dietas y Nutrición

5 fáciles pasos para eliminar el consumo de GMOs en 2017

Por Kiwilimón - Enero 2017
Últimamente se ha hablado mucho sobre los riesgos de consumir alimentos genéticamente modificados, pero aun con tanta información parece no quedar muy claro el término en sí mismo.

¿Qué es un GMO?

Los alimentos genéticamente modificados (GMO, por sus siglas en inglés) son aquellos que han pasado por un proceso de alteración genética de manera artificial. Aunque con esto se busca mejorar los cultivos y hacerlos más resistentes a  ciertas enfermedades, por ejemplo, las implicaciones de estas modificaciones pueden tener efectos negativos en la población que consuma dichos alimentos. Si tú ya has decidido cuidar tu salud y llevar una alimentación más sana, te recomendamos estos sencillos pasos para que elimines los GMOs de tu lista del mandado: 1. Busca alimentos orgánicos: al comprar productos con esta clasificación te estarás asegurando de que tus alimentos estarán libres de químicos.
Consejo: ¿Sabes cuál es el verdadero significado de las etiquetas en la comida? Descúbrelo aquí. 2. Considera los aditivos: los 5 alimentos genéticamente modificados más comunes son el maíz, la canola, la soya, el algodón y el betabel. Antes de comprar algo, cerciórate de que no contenga aditivos con GMOs.
Receta: Disfruta el dulce sabor de un betabel orgánico con estos deliciosos bocadillos. 3. Evita los mariscos y pescados de granja: los productos del mar que vienen de un criadero, por lo general, son nutridos con alimentos genéticamente modificados.
Receta: Busca unos mariscos frescos y consiéntete con una suculenta cazuelita de mariscos. 4. Come más fibra: la mayoría de los granos, semillas, nueces y leguminosas no han pasado por procesos de alteración genética. Procura consumir más este tipo de alimentos.

Fuel up for the day with this Dark Chocolate Quinoa Breakfast Bowl! Click the link in our bio for the recipe!

Una foto publicada por Nature's Earthly Choice (@earthlychoice) el

Receta: Te podemos asegurar que nunca has probado un postre tan saludable y delicioso como estos brownies vegetarianos de frijol. 5. Deja el aspartame: aunque también puede ser producido por procesos químicos, la mayor parte del aspartame que se encuentra en los refrescos y dulces bajos en calorías se hace mediante microorganismos genéticamente modificados.

E biscotti sia 😋😋😋😋😋 #biscotti #bisquit #zucchero #sugar #stella #star #smile

Una foto publicada por Lorenzo Brocca (@lorenzobroccadj_official) el

Receta: Prepara una exquisita mermelada sin aditivos ni químicos. Tú eliges tu fruta favorita. Decisiones tan sencillas como cambiar el endulzante de tu café pueden beneficiar mucho tu salud. Decídete y deshazte de los GMOs en tu dieta.  
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Visitar a mamá casi siempre es sinónimo de tener comida deliciosa toda la semana, sin embargo, muchas veces también significa cargar muchos tuppers que, o pueden resultar peligrosos y no proteger la comida del todo, o peor aún, pueden maltratarse o perderse y causarte la peor afrenta con tu madre.No llevarte comida sería mucho peor, así que quizá sea momento de que consideres alternativas prácticas y sencillas, que no impliquen derrames ni cargar de más, pero que al mismo tiempo sean una ganancia para ti y para tu mamá.La solución es muy sencilla y probablemente ya la conocías, pero no la habías considerado para este cometido: las bolsas resellables. Si ya las has usado para empacar tu sándwich o incluso tu madre las usaba para tu lunch, necesitas probarlas para llevar tu itacate, lo cual no sólo te ayudará a no perder las pertenencias de mamá, sino que tendrá varios beneficios más que a continuación desglosamos.Mantendrás la comida fresca por más tiempo. El cierre de las bolsas Ziploc -como seguramente las conoces- evita que entre aire, por lo que la comida se mantiene como si estuviera recién servida por más tiempo.Evitarás derrames. Ese envase reciclado de yogurt nunca cierra bien y es poco confiable si guardas tu porción de lomo con gravy, pero con una bolsa resellable te aseguras de que nada de esa deliciosa salsa escape.Podrás separar la comida en porciones. Si separar desde un inicio la comida en porciones parecía poco productivo con los tuppers, hacerlo en bolsas resellables es todo lo contrario, pues son mucho más fáciles de transportar y podrás ubicar la comida fácilmente.Son reutilizables. El plástico de las bolsas Ziploc es muy resistente, por lo que sin problema puedes simplemente limpiarla y reutilizarla, además de que no contiene BPA, químico relacionado con mayores alergias y otras enfermedades.Perfectas para congelar la comida. Al usar una bolsa ziploc te aseguras de que tu comida congelada no se queme con el frío y lo mejor de todo, que no tenga olor a congelador.Si necesitas más razones para volverte fanático de las bolsas Ziploc, entonces tienes que saber que están hechas con energía eólica, no sólo te sirven para transportar tu itacate de forma más práctica, sino que además te ayudan con el orden del refri pues puedes identificar su contenido fácilmente, y son perfectas para racionar la comida de la semana.Lo más probable es que a tu mamá también le encanten las bolsas Ziploc, así que prueba esta forma de evitar cargar o perder tuppers sin sacrificar la deliciosa comida de que te comparte tu mamá la próxima vez que vayas a su casa o en cualquier reunión que requiera de delicioso itacate.
Que me perdonen los oaxaqueños y los yucatecos pero la CDMX es el caldero de la comida popular del país. Nadie puede negar que los chilaquiles, las quesadillas con y sin queso, los tlacoyos y las tortas tienen su templo sagrado en Chilangolandia. Y aún así, a diferencia de otros estados con comida típica de alta estima, la capital no brilla por su cocina regional tanto como por la popular. O si no, ¿cuántas veces se han cruzado con unas míticas enchiladas defeñas, un tradicional mole tepitense o un adobo cuauhtemense? De ahí que el caldo tlalpeño sea de esos estandartes a los cuales haya que aferrarse como niño héroe. El caldo tlalpeño –de Tlalpan– es insignia estatal. En ese entonces, cuando se originó el caldo, Tlalpan no era parte del DF; formaba parte de los pueblos aledaños que orbitaban la gran capital como planetas heliocéntricos. Los fines de semana era común visitar aquellos rumbos para echarse una o dos copitas en una cantina o, si ya se venía de la fiesta y lo que se quería era salir de ella, había de todo para curarla. Una de las teorías del origen de este caldo tiene como nombre propio a Doña Pachita. Ella tenía su puesto de comida junto al tranvía que llegaba hasta el poblado. De entre los platillos que vendía para los usuarios del tren, ninguno como su caldo. Cucharada a cucharada el caldo de Tlalpan se fue haciendo famoso por su sabor y por sus efectos revigorizantes. El resto es historia. Esa infusión picosita y abundante resulta mejor que cualquier entramado de electrolitos: es un elixir para recuperar las fuerzas del alma y las del cuerpo deshidratado. De recetas de caldos tlalpeños no paramos. Ya saben: todo mundo le mete su cuchara y sus reglas. Titita, la queridísima chef detrás del restaurante El Bajío, recomienda prepararlo sin atajos para que quede mejor: “Hay que hacerlo todo el tiempo con el pollo, abundante agua, buenas verduras y mucha paciencia”. Zahie Téllez, la chef experta en los platos de cuchara mexicanos, revela que “el secreto es licuarle las hojas de hierbabuena y de cilantro una vez que rompe el hervor para aportarle una nota herbal al caldo”. Para Pepe Salinas, el chef a cargo del Balcón del Zócalo, “el caldo debe quedar con una claridad súper rica, potente en sabor y en picante, pero siempre claro. Para lograrlo hay que hidratar bien los chiles en vinagre y pasarlos por un ligero tostado”. Él los muele con suficiente agua; fríe en manteca esa base de chiles con especias, ajo y cebolla y los retira de la lumbre hasta que haga ojitos la grasa. Al final lo cuela todo. Al lado de él mi consejo carece de gran ciencia. Me gusta saltear la verdura cortada en trozos medianos en suficiente mantequilla infusionada con laurel –o ghee–. Sólo hasta que el pollo está casi listo las incorporo al caldo. Esto hace que las verduras no se sobrecuezan, se vean bonitas en el emplatado y conserven todas sus propiedades. Si les quedaron dudas, la chef Zahie Téllez nos comparte su receta de caldo tlalpeño. No sé ustedes, pero estos días de suéteres tejidos y calcetines de lana se antoja atravesarlos con un tazón de barro en la mano. Caldo Tlalpeño de Zahie2 pechugas de pollo cocidas y deshebradas1½ litros de caldo de pollo en el que se cocieron las pechugas1 taza de garbanzos cocidos250 g de zanahorias en cubos pequeños y cocidos½ cebolla picada para freír ½ cebolla picada para servir encima del caldo350 g de jitomate asado2 dientes de ajoAceite para freír1 rama de epazote¼ de taza de hojas de cilantro¼ de taza de hojas de hierbabuena2 chiles chipotles adobadosaguacate al gustoSal y pimientaEn una olla calienta un poquito del aceite e incorpora el ajo, la cebolla y el jitomate. Déjalo ahí unos 5 minutos. Cuando queden sofritos, licúalos con un poco del caldo y reserva. El caldo restante agrégalo a una olla y calienta a fuego medio. Una vez que rompa el hervor, agrega la rama de epazote. Toma un poquito de este caldo y licúa en él la hierbabuena y el cilantro y vuelve a agregarlo al caldo. Incorpora los garbanzos cocidos para que se empiecen a sazonar, y también los chiles chipotles. Incorpora las verduras ya cocidas, sólo unos minutos, para tomen el saborcito del chile. Para servir agrega el pollo deshebrado, la cebollita picada y el aguacate al gusto –que siempre nos gusta mucho–.
Los recuerdos son un montón de ladrillos que toman forma de edificación, de castillo de Disney, apenas se les pone unos kilómetros de distancia. En la comida este kilometraje se remonta a la niñez. Los platos que nos marcaron tienen como ambientación un momento de familia, una olla grande y un gesto de cariño dirigido a nosotros. Hay un narrador –mejor si tiene voz de Morgan Freeman–, y por supuesto, una abuela, una madre o alguien con quien pudimos establecer una conexión profunda. Que si aquella comida que recordamos con las vísceras y el corazón sabía rico sólo el universo lo sabe. Aquí es donde la distancia juega su truco. En los platillos entrañables hay algo de engaño que es al mismo tiempo un mantra sanador: sabe a un momento en el que nos sentimos queridos. Nos saben a amor. Nos saben a hogar. La nostalgia parece teñir de sepia y de rosa la memoria y con ello, los sabores y las vivencias pierden su nitidez. Por supuesto, esta emoción tiene la potencia de dejarnos tatuado el nombre de ese platillo que trataremos de replicar, buscar e interpretar en lo que cocinamos, comemos y compartimos. Yo no tengo una receta entrañable y especial. Tengo varias. Está el mole verde de mi abuelita y la sopa de tomate de mi mamá. Pero en el necio ejercicio que es recordar, he descubierto que en el amor a mis platillos favoritos no pesa tanto la complejidad de la receta como el tamaño del recuerdo. El mejor ejemplo que se me ocurre es el sencillo sándwich de frijoles refritos, queso Gouda y chipotle que mi papá asaba cada mañana en una sandwichera para que yo me lo llevara a la escuela. No sonaba la campana del recreo y yo ya me había comido dos de ellos –sí, dos–. El tema es que siempre he gozado de buen apetito y simplemente uno no le alcanzaba a mis ganas. A mi papá le dije una mentira piadosa. Le conté que a mis amigas les gustaba tanto mi sándwich que, mordida a mordida, me dejaban sin comer. La verdad es que yo prefería la culpa al hambre y sinceramente sus sándwiches me sabían a gloria. Él, un padre sumamente protector, comenzó a mandarme dos. Yo simplemente me los devoraba. Si alguien me pedía una mordida, me lo pensaba. Como mi historia, las recetas más especiales tienen la fuerza de hacernos sonreír y evocar cada sabor, cada sensación, como si estuviéramos ahí. Un sabor termina siendo una Polaroid, un puente al pasado y, al mismo tiempo, un gancho que nos conecta al aquí y al ahora. En Kiwilimón queríamos celebrar eso: el hermoso poder que tiene la comida para conectarnos con lo que más queremos. Por eso creamos un concurso, La Receta del Año. Con él queremos conocer las anécdotas detrás de las recetas que amas. Compártenos tu receta favorita y escribe junto a ella el relato de por qué es tan especial para ti. Al final premiaremos las mejores con una hermosa vajilla (con valor de más de 10 mil pesos), para que puedas perpetuar los recuerdos y vivencias. No sólo eso: serás parte de nuestro recetario del año y verás en video tu receta firmada con tu nombre.Para descubrir las bases de este concurso, checa esta nota o este video y si te quedan dudas, escríbenos por favor a chefkiwilimon@gmail.com. Anímate a compartir lo que más te gusta. Estoy segura de que la Receta del Año de Kiwilmón la tienes tú. Sube tu receta y su historia especial con el hashtag #Larecetadelaño desde tu cuenta en Kiwilimón y si aún no tienes, regístrate aquí.
Los recuerdos son un montón de ladrillos que toman forma de edificación, de castillo de Disney, apenas se les pone unos kilómetros de distancia. En la comida este kilometraje se remonta a la niñez. Los platos que nos marcaron tienen como ambientación un momento de familia, una olla grande y un gesto de cariño dirigido a nosotros. Hay un narrador –mejor si tiene voz de Morgan Freeman–, y por supuesto, una abuela, una madre o alguien con quien pudimos establecer una conexión profunda. Que si aquella comida que recordamos con las vísceras y el corazón sabía rico sólo el universo lo sabe. Aquí es donde la distancia juega su truco. En los platillos entrañables hay algo de engaño que es al mismo tiempo un mantra sanador: sabe a un momento en el que nos sentimos queridos. Nos saben a amor. Nos saben a hogar. La nostalgia parece teñir de sepia y de rosa la memoria y con ello, los sabores y las vivencias pierden su nitidez. Por supuesto, esta emoción tiene la potencia de dejarnos tatuado el nombre de ese platillo que trataremos de replicar, buscar e interpretar en lo que cocinamos, comemos y compartimos. Yo no tengo una receta entrañable y especial. Tengo varias. Está el mole verde de mi abuelita y la sopa de tomate de mi mamá. Pero en el necio ejercicio que es recordar, he descubierto que en el amor a mis platillos favoritos no pesa tanto la complejidad de la receta como el tamaño del recuerdo. El mejor ejemplo que se me ocurre es el sencillo sándwich de frijoles refritos, queso Gouda y chipotle que mi papá asaba cada mañana en una sandwichera para que yo me lo llevara a la escuela. No sonaba la campana del recreo y yo ya me había comido dos de ellos –sí, dos–. El tema es que siempre he gozado de buen apetito y simplemente uno no le alcanzaba a mis ganas. A mi papá le dije una mentira piadosa. Le conté que a mis amigas les gustaba tanto mi sándwich que, mordida a mordida, me dejaban sin comer. La verdad es que yo prefería la culpa al hambre y sinceramente sus sándwiches me sabían a gloria. Él, un padre sumamente protector, comenzó a mandarme dos. Yo simplemente me los devoraba. Si alguien me pedía una mordida, me lo pensaba. Como mi historia, las recetas más especiales tienen la fuerza de hacernos sonreír y evocar cada sabor, cada sensación, como si estuviéramos ahí. Un sabor termina siendo una Polaroid, un puente al pasado y, al mismo tiempo, un gancho que nos conecta al aquí y al ahora. En Kiwilimón queríamos celebrar eso: el hermoso poder que tiene la comida para conectarnos con lo que más queremos. Por eso creamos un concurso, La Receta del Año. Con él queremos conocer las anécdotas detrás de las recetas que amas. Compártenos tu receta favorita y escribe junto a ella el relato de por qué es tan especial para ti. Al final premiaremos las mejores con una hermosa vajilla (con valor de más de 10 mil pesos), para que puedas perpetuar los recuerdos y vivencias. No sólo eso: serás parte de nuestro recetario del año y verás en video tu receta firmada con tu nombre.Para descubrir las bases de este concurso, checa esta nota o este video y si te quedan dudas, escríbenos por favor a chefkiwilimon@gmail.com. Anímate a compartir lo que más te gusta. Estoy segura de que la Receta del Año de Kiwilmón la tienes tú. Sube tu receta y su historia especial con el hashtag #Larecetadelaño desde tu cuenta en Kiwilimón y si aún no tienes, regístrate aquí.
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