Conoce todo sobre las leches vegetales caseras
Dietas y Nutrición

Conoce todo sobre las leches vegetales caseras

Por Eloísa Carmona - Mayo 2020
Conforme crecemos, muchas veces dejamos de tomar leche, pero si aún disfrutamos de un café o cualquier otra bebida con leche, quizá después de los veintes, no nos caiga tan bien al estómago. Por fortuna, existen muchas opciones vegetales, pero ¿sabes cuál es la leche vegetal?

Una leche vegetal es toda aquella que se elabora a partir de ingredientes vegetales disueltos en agua, las cuales lucen similares a la leche animal pero no contienen lácteos. Así, tenemos leche de soya, leche de arroz, leche de coco, leche de almendras o leche de avena, por ejemplo.

Beneficios de tomar leches vegetales

Existen muchas buenas razones para tomar leches vegetales, pero la principal suele ser la intolerancia a la lactosa que, de acuerdo con la Academia Nacional de Medicina Mexicana, afecta a 30 por ciento de los adultos en el país.

Otras razones para tomar leches vegetales es que son adecuadas para las personas que eligen comer vegetariano o vegano, además del gran sabor y las bajas cantidades de grasa en la mayoría de las leches a base de plantas.

Podemos resumir los beneficios de las leches vegetales así:

  • Son ricas en vitaminas y minerales (generalmente les son añadidos)
  • La mayoría son bajas en grasa
  • No contienen colesterol
  • Tienen una combinación saludable de grasas mono y poliinsaturadas
  • Son perfectas para personas con un sistema digestivo lento
¿Cuáles son las leches vegetales y cómo se usan?

Las leches vegetales más populares son la de soya, la de almendras, la de coco o la de arroz, por ejemplo. A continuación, te damos algunos ejemplos de sus beneficios y sus usos.

Leche de soya. La leche de soya generalmente puede ser un sustituto de la leche de vaca para cocinar u hornear, pues tiene la misma consistencia con respecto a las proteínas y las grasas que la de vaca. 



Para hacerla, necesitas 1 taza de frijol de soya, 2 tazas de agua para remojarlos, 2 litros de agua para hacerla, 1 raja de canela y 3 cucharaditas de néctar de agave. Primero tienes que remojar las semillas durante 8 horas, por lo menos; cuando los frijoles se vean hinchados, cuélalos y enjuágalos. Posteriormente licúalos con un litros¿ de agua limpios por 2 minutos. Pasa la mezcla a una olla y añade el otro litro de agua, cocina con la rajita de canela hasta que comience a hervir, entonces retira del fuego. Cuela el líquido con una manta de cielo. Agrega el endulzante, disuélvelo bien y listo.

Leche de almendras. Funciona como un sustituto de la leche muy saludable, ya que contiene muchas vitaminas, magnesio, hierro, proteínas y fibras. Además, es naturalmente muy cremosa.



Para hacer leche de almendras, da clic aquí y mira el paso a paso explicado con un video.

Leche de coco. Esta leche posee varios beneficios para la salud, por ejemplo, se sabe que fortalece el sistema inmunitario. La leche de coco tiene un sabor naturalmente cremoso y sabroso.



Haz leche de coco casera con esta receta.

Leche de arroz. La leche de arroz es gustada por su sabor dulce. También es perfecta para hornear o para el desayuno. Sin embargo, no contiene tanto calcio o proteína como la leche de vaca.



Mira cómo hacer leche de arroz casera aquí.

Leche de avena. Este tipo de leche vegetal contiene fibra, la cual proporciona prebióticos, que ayudan a las bacterias amigables en tu sistema a sobrevivir y prosperar. Además de ir muy bien con bebidas, como smoothies o licuados, funciona en recetas veganas como mac and cheese, y para espesar sopas y guisados.



Para la leche de avena, remoja 1 taza de avena en 5 tazas de agua por 30 minutos, cuela y licúa la avena con la esencia de vainilla, la azúcar morena y la sal con el agua del remojo. Cuela con ayuda de un colador o una manta de cielo 2 veces, o hasta que ya no se vean restos de avena.

Sin importar la bebida vegetal que elijas, procura consumir aquellas que no tengan azúcar añadida, para aprovechar mejor sus beneficios.
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En Perú me enamoré dos veces. La primera fue con las montañas, en el camino de seis meses que tracé de Cusco a Chiclayo. La segunda, más reciente, en una visita de diez días a Lima y Nazca. El motivo era casi contrario: en esta ocasión quería comerme la capital a mordidas. A la par extrañaba el acento, los huaynos, la cerveza Cusqueña, los chifles de la calle; en fin, extrañaba mi Perú. Pasadas las primeras veinticuatro horas de mi llegada no había duda: la cocina peruana me había reconquistado. En ese entonces su gastronomía ya había explotado como bomba ante la crítica mundial: por todos lados era reconocida como una de las más complejas y, claro, como una de las mejores. Después de recorrer prácticamente todo el país entre mi primera y segunda visita, lo que más añoro de la cocina peruana son los sabores del humo de la serranía. La pachamanca (manjar de carnes y verduras cocinadas bajo la tierra) me sabe a los Andes cuando sus picos inasequibles eran la cobija de mis noches. Lo relaciono con el recuerdo de las edificaciones monumentales incas, con su energía mística y abrumadora. Ahí, a más de 2400 m de altura, la cultura podía disfrutarse en un potaje denso donde no faltaba la papa, el ají, el huacatay. Jamás me he comido una palta (aguacate) más grande o una piña más dulce que las que probé allá en las alturas.Pero las regiones en Perú dividen los hallazgos. La accidentada geografía, los asentamientos y las migraciones terminaron por agrupar sus preparaciones: las hay marinas, las hay fusión –chifa y nikkei– andinas, criollas, africanas, amazónicas... Rico por donde se le vea. La más laureada quizá sea la cocina marina:es una ceremonia rendida al inmejorable producto de las corrientes frías de Humboldt en el Pacífico y adicionada casi siempre con toques orientales. Como en todos los países lo esencial se concentra en la capital. Hay que esquivar puestos y personas en las banquetas para llegar al ceviche o la leche de tigre más fresca en el Mercado no. 1 de Surquillo. Para un buen comilón de cocina china se toma camino al centro y se llega a San Joy Lao –imperdible el arroz chaufa de charqui y chanchito–. En barrios como Miraflores y San Isidro están las joyas intelectualizadas de los grandes chefs locales como Virgilio Martínez de Central, Pía León de Kjolle o mi gran favorito, Mitsuharu Tsumura de Maido, que lleva a la cumbre los sabores nikkei (mitad peruanos, mitad japoneses). Imposible dejar de mencionar a Astrid y Gastón de Gastón Acurio, el gran caudillo de la gastronomía peruana por el mundo; los sitios relativamente nuevos como Osso o los de siempre como Fiesta.Atrás nunca se quedan los guisos de las picanterías, los picarones que se consiguen en las tiendas cuando es temporada, y los anticuchos de las esquinas que lo encuentran a uno cuando lleva puesta la madrugada. Su olor a carne especiada hecha al carbón llama lo mismo que un anuncio gigante de neones. En las picanterías convergen los saberes de la cocina popular. Me da nostalgia pensar en sus chicharrones, sus chupes (caldos)– y sus patitas de chancho. En estos pequeños locales generalmente resguardados por una matriarca se recoge el génesis de la gran gastronomía peruana y las técnicas transmitidas por generaciones. Son de tanto valor las picanterías que varios distritos las han declarado Patrimonio Cultural de la Nación. La cocina peruana no se salva de lo exótico, lo intrincado. ¿Alguna vez han probado carne de llama, alpaca o cuy? En algunas zonas de Perú son un manjar. Y es que la textura de la alpaca es inigualable, se deshace a penas se le hinca el tenedor. Para mí era todo lo que pedía –y uno o dos pisco sours– tan pronto volvía al Cusco cada viernes, después de una semana internada en las montañas. A la cuenta faltan mil guisos, decenas de bebidas, postres que hacen suspirar y las preparaciones de regiones como Chiclayo o Arequipa. Trataré de hablar de todo en otras cartas editoriales. Tal vez con palabras pueda expresar todo el amor que siento por esta cultura y su comida. Mientras tanto, les comparto con todo cariño y respeto, una receta originaria de la ciudad de Huancayo y un imperdible de los restaurantes de Lima: la papa a la huancaína. La preparación original lleva obviamente ají amarillo, aunque aquí la hicimos con pimiento amarillo para que las cocineras de casa pudieran encontrarlo fácilmente. ¿Les digo algo? ¡Quedó buenaza!
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