Metabolismo
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Metabolismo

Por Kiwilimón - Diciembre 2013
Una cosa es nuestra edad y otra cosa nuestra edad metabólica. Esta última es tan importante como la primera pues determina el estado de nuestro cuerpo y hasta nuestro futuro fisiológico.   Uno de los parámetros más importantes a considerar a la hora de cuidar nuestro cuerpo y preservar nuestro organismo es la edad metabólica. Lo interesante es que esta cifra puede muy bien diferir de nuestra edad normal, tanto bien como para mal. La edad metabólica, en resumen, nos indica si nuestro organismo se encuentra funcionando de una forma aletargada o de manera exitosa y sin complicaciones. Pongámoslo así, la edad metabólica es la edad real de nuestro cuerpo y es lo que puede hacer diferente a dos personas nacidas en el mismo año, hora y día: si una ha mantenido hábitos de vida saludables y la otra no entonces ser obvio que su metabolismo tiene edades muy diferentes. Un estilo de vida saludable que acarree una alimentación sana y equilibrada, aportando los nutrientes necesarios, y ejercicio físico periódico, puede hacer que una persona de 45 años aparente muchos menos, de hecho personas de 50 podrían tener un metabolismo de un joven de 28 años. Esto ocurre no sólo a nivel externo, sino que también repercute en el estado de nuestros músculos, huesos, articulaciones y órganos internos. Muchas de las enfermedades que como humanos nos afligen en la edad mediana tienen que ver con el estado interno de nuestro organismo y no es raro que aquellos que llevan una dieta descuidada y son sedentarios tengan más problemas a futuro. Tú puedes checar tu edad metabólica con cualquier doctor general, de hecho, ya hay mucho gimnasios que también te hacen pruebas superficiales para averiguar tu estado de forma. Si el resultado de esta prueba resulta en que tu edad metabólica es mayor a tu edad de nacimiento entonces es recomendable empezar a tomar cartas en el asunto. Una dieta balanceada y hacer ejercicio tres veces a la semana puede cambiar dramáticamente tu metabolismo y por consiguiente tu expectativa de vida. Tal vez la vida que llevamos hoy en día nos lleva a fijarnos más en el exterior pero nunca hay que descuidar nuestro funcionamiento interno. Además, para tener un físico atractivo y saludable en el exterior entonces requieres cuidar tu salud y estar estable por dentro pues esto se refleja en cada centímetro de tu cuerpo.  

"Conoce la sección de dietas que Kiwilimón ha creado para tí."

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El verano es una de las épocas favoritas para disfrutar una buena cerveza. Por eso te presentamos algunos de los estilos que acompañarán perfecto tus tardes libres, sea cual sea el clima: con lluvia o calor. En las tardes de calor se antojan las cervezas ligeras y fáciles de beber como las cervezas de trigo y las de estilo pilsner. Incluso muchas cerveceras producen estilos especiales para la temporada de verano. En los días de lluvia, una cerveza con más cuerpo o con notas de café y chocolate despertarán ese calorcito que buscamos para reconfortarnos. Una cerveza estilo vienna o una porter serán tu mejor compañía. Estas son algunas de las características de estos estilos: Cervezas de trigo Las cervezas de trigo son perfectas para el verano porque son suaves, ligeras y refrescantes. Se elaboran con una mezcla de granos de trigo y cebada, que les dan una textura más suave y una carbonatación más ligera que otros estilos. Existen dos variedades de este estilo: la Witbier (belga) y la Weizenbier o Weissbier (alemana). Las belgas son más ácidas, refrescantes y se les suele añadir ingredientes como la cáscara de naranja o el cilantro, mientras que las alemanas son más densas y con notas a clavo. Ambas son excelentes para combinarlas con pescados y mariscos, prueba con esta receta de tacos de pescado estilo Baja y tu cerveza de trigo favorita.Cervezas pilsner Son cervezas fáciles de beber, frescas y con una efervescencia que nos da un descanso y nos ayuda a limpiar el paladar. Por lo general, sus notas van entre lo herbal, lo especiado y lo floral. Son cervezas ideales para tus tardes de asado, como esta hamburguesa a la parrilla. Cervezas viennaSe trata de un estilo creado en Viena, Austria, que tiene un excelente cuerpo y notas muy marcadas de nuez y café. Estos aromas son el resultado de la mezcla de sus maltas base caramelo, dulce y chocolate. Combínalas con tu postre favorito, como este brownie de chocolate. Cervezas porterSu origen se disputa entre Inglaterra e Irlanda y fue una receta creada especialmente para trabajadores con faenas físicas muy pesadas, la cual combinó tres tipos de ales. Es densa, huele a pan y chocolate, y en boca es robusta. Su mejor maridaje será con sabores ahumados o bien con una rica barbacoa.¿Cuál es tu cerveza favorita para el verano? 
Partamos de una realidad: no existe una mala hamburguesa. Entre dos panes cualquier ingrediente simple adquiere un poder vehemente, casi sobrenatural. Y aunque las opciones pueden ser infinitas, personalmente prefiero dejar fuera la creatividad cuando se habla de ellas. Sí, las aberraciones también son infinitas. El escritor culinario y amante empedernido de las hamburguesas, –como su servidora– Anthony Bourdain, decía que ya eran perfectas, ¿por qué echarlas a perder?En una entrevista hecha a Bourdain por TechInsider, el también cocinero compartió las ocho reglas de oro para elaborarlas. Lo primero era mantenerlas clásicas, casi académicas: pan, carne, tomate, cebolla, lechuga, pepinillos encurtidos y nada más. Ricardo Campuzano, el chef del restaurante de hamburguesas Margarita, afirma que la hamburguesa perfecta es resultado de la sencillez, pero también de la calidad de los ingredientes.El pan, por supuesto, debe ser el marco que lo engloba todo. Un brioche suave y suficientemente mantequilloso –hay que ser conservadores en las cantidades de nuestra amiga láctea para evitar opacar el sabor de la carne– logra mandar una hamburguesa al infierno de lo común y corriente o al cielo de los elegidos. Joan Bagur, panadero y fundador de Sal y Dulce Artesanos, resume que el pan ideal es un pan estilo brioche de mantequilla con una consistencia que logre sostener el jugo de la carne. Eso sí, que tampoco sea demasiado grueso porque podría esconder el sabor del medallón. “La mantequilla con la que se hace el pan debe ser de calidad para que no nos deje un mal retro gusto”, completa.  Hablemos de la carne. Si partimos de que el origen de la receta podría ser el de las tribus mongolas y turcas del siglo XIV en la que picaban la carne para hacerla si quiera comestible, este ingrediente en versión machacado o molido es irremplazable. Vamos. Si lo quitamos, mejor llamémosle sándwich, bocata, entrepán, torta, emparedado. La decisión de si elaborarla de res, de cerdo o de una combinación salomónica de ambas es decisión de la conciencia, el gusto y el bolsillo. Bourdain afirmaba que incluir sirloin o algún corte demasiado exótico a la mezcla la destruía. En cambio, prefería el brisket o la costilla, algunas de las partes más grasosas. Y es que sí, la parte amarilla, esa que se derrite al calor, es lo que realmente le aporta magia. El chef Campuzano asegura que la combinación perfecta es de 80% carne, 20% grasa, y sólo sazonar con sal. Joan Bagur aconseja que hay que cocinarla a la plancha muy caliente para que se selle, se caramelice y permanezcan los jugos dentro. Recomienda terminarla al grill para que tome ese espectacular gusto asado. El escritor de Kitchen Confidential, Anthony Bourdain, afirmaba que no debía faltar el queso y éste debía derretirse. Panela, requesón, queso fresco, ustedes no juegan. En mi opinión, es a través de la combinación de los quesos, la grasa de la carne y lo mantequilloso del pan que la experiencia llamada “hamburguesa” sucede. Que a nadie se le pasen las salsas. Descansando en el pan va la mayonesa –una ligera crema balanceada en limón y grasa– y la reina de todas, la cátsup (el cátsup o el kétchup, para el resto de América Latina). Ella debe ser jitomatosa y vinagrosa, sutilmente dulce para equilibrar la grasa y aportar acidez. Para Anthony no había discusión en el tocino; siempre era la ocasión. En cambio, le parecía un exceso cuando las hamburguesas llegaba como una torre de Legos a la mesa. El tema es que si es demasiado alta es casi imposible poder reunir todos sus sabores en una mordida. De ahí sólo faltan las papas porque, ¿qué es una hamburguesa sin papas? Citando a Gloria Trevi, definitivamente es una papa sin cátsup. Que sean caseras, cortadas en tiras o en gajos. Que queden crocantes por fuera, pero suaves por dentro. De preferencia, que no nos dejen los dedos con reflejo, que no se apelmacen.Las apariencias engañan. Las hamburguesas pueden parecer un alimento burdo, quizás porque las hemos visto servidas en charolas de plástico, entre plásticos y bolsas de estraza, en cajitas de cartón para disfrutarse en el carro, con o sin juguete. Ello no las hace menos buenas. La hamburguesa es perfecta en sus componentes. Llegar a un balance es un afortunado accidente de la Matrix; es la diferencia de una comida rápida y una comida que apenas se diluye en el recuerdo con el paso del tiempo. Así me pasó hace una semana en el restaurante Nopa, de San Francisco, o cada vez que se me cruza un In and Out en cuyo aderezo naranja se disfraza cualquier imperfección, si la hubiera. Tampoco olvido las de The Spaniard, en Nueva York. En México, hay varias que me guiñen en ojo. Las que me recuerdan a mi adolescencia, como las de las Fuentes de Satélite que llevan piña, o las que solía hacer Joan Bagur en OkDF y que acompañaba con patatas bravas. Recientemente probé la de Margarita, del chef Ricardo Campuzano, en la colonia Narvarte: su combinación de carne + tocino + cheddar me pareció que resaltaba sus buenos ingredientes de forma monchosa. La hamburguesa es más que un sándwich en esteroides. El ritual nos involucra, nos pide permanecer atentos para que la carne no se recorra al fondo, para que los aderezos no terminen en la ropa. Pero quizás la mejor parte de comerla sea que por cuatro, quince o las veinte mordidas que nos sobrevive volvemos a ser niños, niños felices otra vez.
La forma que tiene el cuerpo de comunicarse físicamente con nosotros es a través del dolor, de la incomodidad, de la sed, del hambre. El apetito es una sensación que llega en varios momentos del día y por la cual tenemos la necesidad de ingerir alimentos; malo cuando llega sin previo aviso, cuando comemos sin sentirla, cuando aun después de comer no cesa. A través del apetito es que nuestro cuerpo expresa una insatisfacción que no siempre es corporal. En un estado de consciencia plena –en conexión al presente, en sincronía con el cuerpo y sus sensaciones- podemos identificar plenamente desde dónde se produce el apetito. Para ello hay que hacer una observación interna: en el dentro se resguardan más que órganos; en el dentro se expresan un sinfín de sensaciones que siempre tienen algo que contarnos sobre nosotros mismos.  Tener una buena comunicación con el cuerpo es elemental para la conservación de la salud y por supuesto, para dejar de pelear con la comida, para dejar de saltar de una dieta a otra, para dejar de enemistarnos con el afuera cuando en realidad lo que sucede es que hay una desconexión con el dentro. La comunicación con el cuerpo no es una locura del new age. La comunicación corporal significa aguzar los sentidos hacia lo más tangible que tenemos; tomarse el tiempo y el espacio para escuchar al cuerpo. Basta con respirar un par minutos tomando conciencia de la inhalación y la exhalación e ir escaneando cada una de las partes del organismo –sí, como si fuéramos una máquina de rayos x–. “Esta es mi nariz. Esta es mi boca, mis vísceras, mis músculos, mi sangre, mi piel…” A partir de unos instantes notaremos cómo se encuentra mi dentro: qué duele, qué se siente bien, qué le hace falta. La meditación, entonces, se convierte en un diálogo corporal en el que el sabio más sabio nos revela su estado anímico, físico y emocional.  A partir de esta práctica diaria comenzaremos a tomar mejores decisiones alimenticias y, por supuesto, identificaremos desde dónde viene el hambre que experimentamos. Según Jane Chozen Bays, una escritora y teórica del mindful eating, existen siete tipos de hambre. Hambre visual: surge, por ejemplo, cuando vemos un pastel siendo cortado y de cuyo esponjoso interior emerge una lava de chocolate derretido. Es el llamado food porn: estímulos hechos a través de la comida que despiertan la sensación de quererlo ¡ya! Hambre olfativa: ¿existe algo más seductor que el aroma que arroja una olla de tamales? ¿Las notas de un café? ¿Unas galletas en el horno? No lo creo. Todo eso es una cubetada de agua a esa hambre que se despierta a través de la nariz. Hambre bucal: muchos de nosotros la vivimos en la pandemia; llega con el impulso de querer masticar algo, roerlo, porque sentimos angustia, porque experimentamos ansiedad. Ésta no encontrará saciedad hasta que la crisis ceda o la conciencia del momento y de lo que estamos sintiendo, aterrice en nosotros. Hambre estomacal: esta es producto de la vacuidad, o al menos de tener espacio en el órgano al que algunos médicos orientales llaman el segundo cerebro. Es normal tener hambre estomacal después de algunas horas de ayuno. Hambre celular: el hambre que las embarazadas expresan en antojos. Se basa en los requerimientos del cuerpo pues según sus cálculos perfectos y sabios, existe un déficit de nutrientes o una conversión desbalanceada entre energía y fuentes de poder. Este tipo de apetito suele aparecer tras el ejercicio intenso. Hambre mental: llega a nosotros cuando un estímulo enciende un recuerdo de la infancia, de lo que consideramos relevante culturalmente o de lo que aprendimos que era delicioso. Esta hambre nos salta en la cabeza cuando estamos a dieta o restringidos de alimentos; cuando extrañamos eso que nos cocinaban en casa o que evoca algún momento feliz. Hambre del corazón: cuántas veces nos hemos comido la falta de dulzura, de alegría, de amor, el abandono o el rechazo. Esta es el hambre que busca desesperada –y también inasequiblemente– cerrar una grieta emocional a través de kilos y litros de comida y bebida. Intentamos llenar un vacío emocional con algo físico en el que más pronto llega la culpa y el castigo que la alegría. Por esta razón es que los psicólogos recomiendan no convertir la comida en castigo ni en recompensa al educar a los hijos.La meditación o la práctica de mindfulness (tomar conciencia del aquí y el ahora durante varios minutos al día), nos hace contactar claramente con los pensamientos, las emociones y, por supuesto, con el organismo. Si nos tomamos el tiempo para conocerlo iremos aprendiendo sobre sus carencias, sobre cómo manifiesta las faltas emocionales y sobre sus necesidades fisiológicas. Al final, escuchando al sabio, tomarás mejores decisiones alimenticias. Mejores decisiones en general, pues.
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