El uso de las algas en las recetas de cocina
Dietas y Nutrición

El uso de las algas en las recetas de cocina

Por Kiwilimón - September 2011
Son ricas en minerales, vitaminas y muy versátiles, estas verduras del mar pueden incluirse de manera fácil en la dieta diaria y en muchas recetas de cocina. Las algas son las plantas más primitivas del planeta. Constituyen unos de los alimentos con mayor valor nutricional del mundo. Contienen abundantes vitaminas, minerales (como el apreciado calcio), incluso proteínas, fibra y una ínfima cantidad de grasas. Además son depurativas. Eliminan residuos acumulados en el organismo como metales pesados y grasas acumuladas durante años. Un punto curioso es que, si el agua donde habitan está contaminada y no la pueden depurar, simplemente no crecen, Por lo tanto, es un alimento limpio por naturaleza. Una recomendación importante es que las algas se deben comer en pequeña cantidad, aproximadamente un gramo por persona, como las especias. Recetas de cocina recomendadas:Sushi de Mango y SalmónSushi de AtúnHuachinango Libanés con TahineGohan con Salsa Tampico
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Ante un año lleno de retos, la industria gastronómica mexicana se renueva y trabaja en equipo. Estas son algunas de las iniciativas que se están desarrollando en la capital del país. Expos gastronómicas Del 22 al 24 de octubre de 2020, World Trade Center de la Ciudad de México es sede de una alianza sin precedentes en beneficio de la industria gastronómica. Por primera vez, Expo Café, Gourmet Show, Salón Chocolate y Cacao y Exporestaurantes suceden de forma simultánea, con una rica oferta de productos en exhibición. Este magno encuentro se dirige a compradores de la industria (cafeterías, restaurantes, tiendas especializadas, hoteles, productores, distribuidores, entre otros). “Esta alianza permitirá tener el espacio idóneo para reactivar la dinámica de la industria y una oportunidad para los profesionales del sector”, aseguran sus organizadores.Más información: https://registro.expocafe.preregistroenlinea.comAsimismo, del 18 al 20 de noviembre se realizará la edición 23 de Expo Pan, la primera expo de la industria de la panificación del país que para este año lanza su versión: Expo Pan Virtual 2020. “Llevaremos Expo Pan a otro nivel en sintonía con las necesidades del momento. Mediante una plataforma digital, llamada Digital Virtual Center, presentaremos los stands virtuales de los participantes; tendremos áreas de negocios, conferencias y demostraciones en vivo para los asistentes de la industria”, afirma la organizadora. Más información: www.expopan.comMillChef, plataforma digital de chefs y restaurantes Millesime, el espacio que reúne desde hace diez años lo más destacado de la industria de la restauración en México, presenta MillChef, la primera plataforma digital que traslada a los mejores restaurantes y chefs de la ciudad donde tú decidas. Con una oferta de más de 25 chefs y restaurantes disponibles, así como las mejores barras especializadas de la ciudad, MillChef creará experiencias memorables con un equipo de expertos y todos los protocolos de sanidad impuestos por la nueva normalidad. ¡La experiencia de los mejores restaurantes de México ahora está a un clic de distancia! Más información: www.millchef.mx
En Perú me enamoré dos veces. La primera fue con las montañas, en el camino de seis meses que tracé de Cusco a Chiclayo. La segunda, más reciente, en una visita de diez días a Lima y Nazca. El motivo era casi contrario: en esta ocasión quería comerme la capital a mordidas. A la par extrañaba el acento, los huaynos, la cerveza Cusqueña, los chifles de la calle; en fin, extrañaba mi Perú. Pasadas las primeras veinticuatro horas de mi llegada no había duda: la cocina peruana me había reconquistado. En ese entonces su gastronomía ya había explotado como bomba ante la crítica mundial: por todos lados era reconocida como una de las más complejas y, claro, como una de las mejores. Después de recorrer prácticamente todo el país entre mi primera y segunda visita, lo que más añoro de la cocina peruana son los sabores del humo de la serranía. La pachamanca (manjar de carnes y verduras cocinadas bajo la tierra) me sabe a los Andes cuando sus picos inasequibles eran la cobija de mis noches. Lo relaciono con el recuerdo de las edificaciones monumentales incas, con su energía mística y abrumadora. Ahí, a más de 2400 m de altura, la cultura podía disfrutarse en un potaje denso donde no faltaba la papa, el ají, el huacatay. Jamás me he comido una palta (aguacate) más grande o una piña más dulce que las que probé allá en las alturas.Pero las regiones en Perú dividen los hallazgos. La accidentada geografía, los asentamientos y las migraciones terminaron por agrupar sus preparaciones: las hay marinas, las hay fusión –chifa y nikkei– andinas, criollas, africanas, amazónicas... Rico por donde se le vea. La más laureada quizá sea la cocina marina:es una ceremonia rendida al inmejorable producto de las corrientes frías de Humboldt en el Pacífico y adicionada casi siempre con toques orientales. Como en todos los países lo esencial se concentra en la capital. Hay que esquivar puestos y personas en las banquetas para llegar al ceviche o la leche de tigre más fresca en el Mercado no. 1 de Surquillo. Para un buen comilón de cocina china se toma camino al centro y se llega a San Joy Lao –imperdible el arroz chaufa de charqui y chanchito–. En barrios como Miraflores y San Isidro están las joyas intelectualizadas de los grandes chefs locales como Virgilio Martínez de Central, Pía León de Kjolle o mi gran favorito, Mitsuharu Tsumura de Maido, que lleva a la cumbre los sabores nikkei (mitad peruanos, mitad japoneses). Imposible dejar de mencionar a Astrid y Gastón de Gastón Acurio, el gran caudillo de la gastronomía peruana por el mundo; los sitios relativamente nuevos como Osso o los de siempre como Fiesta.Atrás nunca se quedan los guisos de las picanterías, los picarones que se consiguen en las tiendas cuando es temporada, y los anticuchos de las esquinas que lo encuentran a uno cuando lleva puesta la madrugada. Su olor a carne especiada hecha al carbón llama lo mismo que un anuncio gigante de neones. En las picanterías convergen los saberes de la cocina popular. Me da nostalgia pensar en sus chicharrones, sus chupes (caldos)– y sus patitas de chancho. En estos pequeños locales generalmente resguardados por una matriarca se recoge el génesis de la gran gastronomía peruana y las técnicas transmitidas por generaciones. Son de tanto valor las picanterías que varios distritos las han declarado Patrimonio Cultural de la Nación. La cocina peruana no se salva de lo exótico, lo intrincado. ¿Alguna vez han probado carne de llama, alpaca o cuy? En algunas zonas de Perú son un manjar. Y es que la textura de la alpaca es inigualable, se deshace a penas se le hinca el tenedor. Para mí era todo lo que pedía –y uno o dos pisco sours– tan pronto volvía al Cusco cada viernes, después de una semana internada en las montañas. A la cuenta faltan mil guisos, decenas de bebidas, postres que hacen suspirar y las preparaciones de regiones como Chiclayo o Arequipa. Trataré de hablar de todo en otras cartas editoriales. Tal vez con palabras pueda expresar todo el amor que siento por esta cultura y su comida. Mientras tanto, les comparto con todo cariño y respeto, una receta originaria de la ciudad de Huancayo y un imperdible de los restaurantes de Lima: la papa a la huancaína. La preparación original lleva obviamente ají amarillo, aunque aquí la hicimos con pimiento amarillo para que las cocineras de casa pudieran encontrarlo fácilmente. ¿Les digo algo? ¡Quedó buenaza!
Flores de cempasúchil en vasitos de vidrio. Dos panes de muerto junto a restos de azúcar desperdigada. Una ollita, la más pequeña de la alacena, llena de mole al que ya se le hizo una capa de nata. Papel picado descolorido por las gotas de un caballito de tequila que se derramó. Hasta arriba, la foto del pariente fallecido observándolo todo: la abundancia o la escasez de la ofrenda, el faltante de huesito en el pan. Esta escena se repite cada año en el altar de muertos. Esta es una escena de tradición mestiza.No sé si fue Coco, no sé si fue James Bond. Esta costumbre mitad prehispánica, mitad española, ha resurgido con fuerza en los rincones de las salas mexicanas. Fray Bernardino de Sahagún, en la Historia general de las cosas de la Nueva España, ya relataba que los aztecas eran dados a hacer festejos a los muertos. El altar recordaba el viaje de cuatro años que el difunto debía emprender, camino a Mictlán, el reino de los muertos. Como en casi todas las religiones y creencias, no había altar sin una ofrenda, y como en casi todo ofertorio, siempre había algo de comer.Según me cuenta el licenciado José N. Iturriaga, historiador y escritor, había un ingrediente infaltable en los altares prehispánicos: los tamales envueltos en hojas de totomoxtle. También había agua para ayudar al alma del muerto a sortear el camino lleno de peligros. Luego, con la evangelización, las costumbres católicas como el rito a los santos y la fermentación del trigo se fueron mezclando con las costumbres locales. El altar es mestizaje puro. Por ejemplo, están las flores endémicas como los cempasúchiles, los frijoles, el tequila –que, aunque tiene denominación de origen, no existiría sin la destilación, originaria de Asia–. El mole es un plato barroco, resultado del intercambio con África del Norte, España, el sudeste asiático... El pan de muerto es fruto del sincretismo del pan de ánimas que se hace en Segovia o de los huesos de santo, un postre de pasta de almendra español cuya presentación recuerda a los relicarios. Así como el origen del altar es diverso, también lo es la celebración: “El 1 de noviembre, día de Todos los Santos, fue un día para celebrar a los santos que no tenían fecha y se instauró en el siglo séptimo; el Día de Muertos lo estableció el Papa Bonifacio IV en la Abadía de Cluny Odilón”, explica Iturriaga. Esto sucedió en el siglo X –claramente, mucho antes de la Conquista– con el objetivo de que los fieles hicieran oración por los muertos. Para los que injurian contra el Halloween asumiendo que es una falsificación de nuestra fiesta, Iturriaga cuenta que la palabra viene de All hallow’s eve, que es otra forma de nombrar “todos los santos”. La celebración data de épocas medievales y fueron los irlandeses quienes la llevaron a América. Lo de los Frankenstein y los dráculas, eso sí ya es regalo de Estados Unidos –y, bueno, de Mary Shelly y de Bram Stoker–.La simbología del altar es naturalmente mexicana. Una ofrenda que se respete debe tener todos sus componentes: agua, tierra, calaveritas de azúcar, flores, alimentos, vela y copal para guiar al muerto hasta el altar. Para Iturriaga tampoco debe faltar el alimento raíz que nos conecta con nuestros ancestros: el tamal. Los tamales son piezas individuales que se preservan bien y aguantan bien la intemperie –recordemos que muchos altares viven en los cementerios– y lejos de un simbolismo específico, provienen de “El grano madre que moldea una cultura. El alimento más icónico”. Nuestra creencia es única: por un día en el año tenemos de regreso a casa a ese familiar que queremos tanto, a ese ser que admiramos mucho y que nos hace falta. Olvidamos el miedo que nos dan los fantasmas, en otros días menos festivos del año, para esperar que nuestro ser amado atraviese el cielo o el mundo paralelo para comer, beber y fumar. Eso sí, no cometan el error de olvidar los cerillos. Para honrarlos, aquí comparto la sección en la que pusimos toda esa comida que les puede gustar.
Flores de cempasúchil en vasitos de vidrio. Dos panes de muerto junto a restos de azúcar desperdigada. Una ollita, la más pequeña de la alacena, llena de mole al que ya se le hizo una capa de nata. Papel picado descolorido por las gotas de un caballito de tequila que se derramó. Hasta arriba, la foto del pariente fallecido observándolo todo: la abundancia o la escasez de la ofrenda, el faltante de huesito en el pan. Esta escena se repite cada año en el altar de muertos. Esta es una escena de tradición mestiza.No sé si fue Coco, no sé si fue James Bond. Esta costumbre mitad prehispánica, mitad española, ha resurgido con fuerza en los rincones de las salas mexicanas. Fray Bernardino de Sahagún, en la Historia general de las cosas de la Nueva España, ya relataba que los aztecas eran dados a hacer festejos a los muertos. El altar recordaba el viaje de cuatro años que el difunto debía emprender, camino a Mictlán, el reino de los muertos. Como en casi todas las religiones y creencias, no había altar sin una ofrenda, y como en casi todo ofertorio, siempre había algo de comer.Según me cuenta el licenciado José N. Iturriaga, historiador y escritor, había un ingrediente infaltable en los altares prehispánicos: los tamales envueltos en hojas de totomoxtle. También había agua para ayudar al alma del muerto a sortear el camino lleno de peligros. Luego, con la evangelización, las costumbres católicas como el rito a los santos y la fermentación del trigo se fueron mezclando con las costumbres locales. El altar es mestizaje puro. Por ejemplo, están las flores endémicas como los cempasúchiles, los frijoles, el tequila –que, aunque tiene denominación de origen, no existiría sin la destilación, originaria de Asia–. El mole es un plato barroco, resultado del intercambio con África del Norte, España, el sudeste asiático... El pan de muerto es fruto del sincretismo del pan de ánimas que se hace en Segovia o de los huesos de santo, un postre de pasta de almendra español cuya presentación recuerda a los relicarios. Así como el origen del altar es diverso, también lo es la celebración: “El 1 de noviembre, día de Todos los Santos, fue un día para celebrar a los santos que no tenían fecha y se instauró en el siglo séptimo; el Día de Muertos lo estableció el Papa Bonifacio IV en la Abadía de Cluny Odilón”, explica Iturriaga. Esto sucedió en el siglo X –claramente, mucho antes de la Conquista– con el objetivo de que los fieles hicieran oración por los muertos. Para los que injurian contra el Halloween asumiendo que es una falsificación de nuestra fiesta, Iturriaga cuenta que la palabra viene de All hallow’s eve, que es otra forma de nombrar “todos los santos”. La celebración data de épocas medievales y fueron los irlandeses quienes la llevaron a América. Lo de los Frankenstein y los dráculas, eso sí ya es regalo de Estados Unidos –y, bueno, de Mary Shelly y de Bram Stoker–.La simbología del altar es naturalmente mexicana. Una ofrenda que se respete debe tener todos sus componentes: agua, tierra, calaveritas de azúcar, flores, alimentos, vela y copal para guiar al muerto hasta el altar. Para Iturriaga tampoco debe faltar el alimento raíz que nos conecta con nuestros ancestros: el tamal. Los tamales son piezas individuales que se preservan bien y aguantan bien la intemperie –recordemos que muchos altares viven en los cementerios– y lejos de un simbolismo específico, provienen de “El grano madre que moldea una cultura. El alimento más icónico”. Nuestra creencia es única: por un día en el año tenemos de regreso a casa a ese familiar que queremos tanto, a ese ser que admiramos mucho y que nos hace falta. Olvidamos el miedo que nos dan los fantasmas, en otros días menos festivos del año, para esperar que nuestro ser amado atraviese el cielo o el mundo paralelo para comer, beber y fumar. Eso sí, no cometan el error de olvidar los cerillos. Para honrarlos, aquí comparto la sección en la que pusimos toda esa comida que les puede gustar.
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