Top 5: signos de que tu hijo es alérgico al gluten
Nutrición

Top 5: signos de que tu hijo es alérgico al gluten

Por Kiwilimón - Julio 2015

La enfermedad celíaca, o intolerancia al gluten, es bastante común, pero muchas veces no nos damos cuenta de su existencia porque los síntomas pueden pasar desapercibidos. Hoy te tenemos una lista de 10 signos diferentes a los que debes prestar atención para saber si tu hijo puede consumir ciertos productos, o si es preferible que los quites de su dieta.

Los síntomas que puede presentar un niño son variados, sin embargo normalmente no aparecen todos a la vez. Es por esto que debes prestar mucha atención por si tus hijos tienen alguna de estas aflicciones:

  • Diarrea o estreñimiento
  • Pérdida de peso a pesar de tener buen apetito
  • Hinchazón de panza
  • Cólicos intestinales
  • Dolor en las articulaciones
  • Retraso en el crecimiento
  • Falta energía y debilidad
  • Calambres musculares
  • Anemia
  • Manchas en el esmalte dental
 

Recuerda que estos síntomas pueden pertenecer a alguna otra enfermedad, pero si aparecen dos o más de los que mencionamos, lleva a tu pequeño a hacerse pruebas para descartar. Lo bueno es que con un cambio en la dieta todas estas aflicciones pueden irse y su calidad de vida mejorará en semanas.

Sustituciones

Que los pequeños no puedan comer gluten no significa que no puedan alimentarse como una persona normal, sólo se trata de buscar los sustitutos indicados para preparar las recetas. Estos son algunos intercambios comunes que te ayudarán en la cocina:

  • Cereal de fibra en vez de pan molido
  • Hojas de lechuga en vez de tortillas de harina
  • Harina de maíz en vez de harina de trigo (para hot cakes y pasteles)
  • Nueces picadas e vez de granola
  • Harina de almendra en vez de harina de trigo (postres y panqués)
  • Fideos de arroz en ves de pasta
  • Polenta en vez de pasta o cous cous
  • Nueces en vez de croutones o pan tostado
  • Merengue hecho en casa en vez de betún de tienda
  • Sémola de arroz en vez de avena
 

Y claro está, hay toda una variedad inmensa de productos que pueden consumir sin problema dentro de la cual encontramos: leche, huevos fruta, pescado, arroz, azúcar, miel, aceite, té, vinagre, hortalizas, legumbres, queso, yogurt, crema, mariscos, etc. Todo se basa en que no contengan harina de trigo ni alguno de los ingredientes ambiguos que en ocasiones pueden llevar gluten como charcutería, conservas, patés, chocolate y mazapán.

Recetas

También te dejamos cinco recetas deliciosas para niños alérgicos al gluten:

Pastel de chocolate sin gluten

Este delicioso y decadente pastel es ideal para los niños que quieran un rico postre pero no puedan comer harina o algún otro producto con gluten. Es incluso un salvavidas para el cumpleaños de pequeños con enfermedad celíaca.

http://www.kiwilimon.com/receta/postres/pasteles/pasteles-de-chocolate/pastel-de-chocolate-sin-gluten-con-macarrones

Pizza sin gluten

Esta versión está hecha a base de calabaza y se olvida de la masa a base de harina de trigo que se usa normamente para hacer pizza. Es ideal para reuniones y fiestas infantiles.

http://www.kiwilimon.com/receta/saludables/pizzas-sin-gluten

Postre de tapioca

La tapioca es un alimento que no contiene gluten, además contiene mucha energía y por eso la esta receta es ideal para el desayuno de los niños e incluso para su lunch de media tarde. http://www.kiwilimon.com/receta/postres/postres-con-frutas/postre-de-tapioca  

Brownies veganos

Así como en el caso del pastel de chocolate, este es un favorito infantil enfocado a los pequeños que no puedan comer gluten. Se usa dátil triturado como base, lo que le añade mucha textura y un sabor dulce. http://www.kiwilimon.com/receta/postres/chocolate/brownies/brownies-veganos
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Esta temporada está cayendo como cubetada de agua fría, sobre todo con el retorno al semáforo rojo. Las interrogantes son demasiadas: ¿Tendremos Navidad? ¿Cuántos seremos? ¿Cocinamos o pedimos? ¿Cuánto gastaremos? Y mientras dudamos de todo y de todos, hay algo que no podemos perder. Puede que seamos dos en la mesa, pero ¿por qué privarnos también de nuestro pavo con gravy, de nuestros tamales, de aquello que ansiamos probar? Aun con todo, es Navidad. La celebración es la fecha misma como también la comida que se sirve a la mesa y el amor que nos damos. Habremos de convivir con el núcleo más cercano por las próximas semanas sin siquiera sacar la mano por la ventana. La celebración –ésta y la de vivir– no tiene que ver con lo que pasa afuera como con el acto de agradecer y bendecir. Las Navidades son extrañas, no lo niego. Casi siempre tienen algo agridulce –excepto cuando eres niño y todo es jugar con los primos y descubrir qué regalo se esconde bajo la envoltura–. Por ellos, por nosotros: merecemos una Navidad como ninguna otra. Esta vez seremos los elementales y bastará.La comida nos salvará más que nunca. Para ello habremos de cocinar con alegría y ponerle intención a la comida; llenarla de eso que nos deseamos a nosotros y a la familia. Nos reuniremos alrededor de un pavo horneado con amor, de esa pasta por la que esperamos un año entero y que nos sabe a paz. Nos tomaremos un momento para agradecer lo que sí tenemos: la abuelita que aún sonríe en un extremo de la mesa, la ensalada de manzana que este año quedó más rica, la hermosa llegada de Ana a la familia, el olor a pay de manzana que llena la casa.Dicen que la comida no hace milagros –o sí, aunque nadie lo ha documentado– pero es el vínculo más inmediato con la vida. Cenar rico puede hacernos olvidar el miedo. Además, como en las películas, puede ser el inicio de nuestro propio cuento navideño al que probablemente le falten los villancicos, la nieve o la gente, pero le sobre emoción.Y si todavía no están convencidos de que la comida salva les quiero compartir mi propia historia de Navidad, una en la que un plato de bacalao me devolvió la esperanza. Y sí, ya les conté el final.**************El aroma del bacalao siempre me lleva a ese veintidós de diciembre en el que mi mamá y mi tía cocinaban varios platillos a la vez. Mi abuelita llevaba dos semanas grave. Ellas, tan expertas en la cocina, flaqueaban casi imperceptiblemente: a veces se les caían cosas al piso, se les olvidaba poner ingredientes, los intercambiaban. La tristeza no le impediría a la familia Molina celebrar la Noche Vieja.En esa cocina las ollas sobre el fuego eran la única señal de vida. La de barro llevaba horas borboteando. Como cada año, era tan grande que le cabía bacalao para alimentar a más de quince durante la cena y el recalentado y rellenar un bote de yogurt para que cada familia se llevara. De la cazuela emanaba el olor a los ajos fritos en el aceite, el sofrito de jitomate con las cebollas y las aceitunas, al pescado previamente desalado. En otras palabras, olía a Navidad. Mi abuelita mientras tanto estaba en su cuarto. No lo sabíamos, pero le restaban unas pocas horas de vida. Recuerdo que entre la pelada de papas y manzanas me escabullí de mis labores de cortadora oficial para ir a verla. Apenas entré, la vi enderezada. Algo la tenía en alerta y mi corazón lo sintió. Mi abuelita inspiró profundamente y con voz grave desde su cama me dijo: –“Dile a tu mamá que a ese bacalao le hace falta sal”. Confieso que me quise reír. Nunca vi venir esa afirmación y menos en el contexto. Para mí, no hay un momento de más lucidez.Corrí hasta la cocina, llegué al bacalao. Tomé una cucharada y ¡rayos!, efectivamente le hacía falta sabor. Tomé un par de puñitos de sal y los fui integrando hasta sentir que estaba en su punto. Noté que el olor cambió. Ella lo sabía: conocía a la perfección a qué debe oler un bacalao hecho para sacar suspiros.Esa tarde mi abuela se devoró una torta de bacalao. Fue lo último que pidió. El veinticuatro pasamos la Navidad como pudimos, ya sin ella. A penas en el recalentado me entraron ganas de volver a probar el guiso. A la primera mordida conecté con la esperanza, con el legado de mi abuelita, con eso que resultó ser mi última experiencia con ella. En ese momento tuve una revelación: quería que la cocina y la comida se convirtieran en mi vínculo con la vida y con mis ancestras. A los pocos meses dejé mi trabajo y diez años después, me dedico plenamente a la comida. La comida del corazón salva, cura, da esperanza. Y eso es justo lo que deseo para ustedes: que haga su magia en sus mesas, en su noche, en sus días. ¡Feliz Navidad!
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