Por qué es importante que un bebé coma con las manos
Hábitos

Por qué es importante que un bebé coma con las manos

Por Kiwilimón - Mayo 2019

Cuando una madre primeriza piensa en las primeras ocasiones en las que su bebé podrá comer otros alimentos aparte de la leche materna se imagina una escena hermosa y perfecta en la que su pequeño disfruta con tranquilidad y calma cada bocado mientras ella lo alimenta a cucharadas.

Sin embargo, la realidad está un poco lejos de esto. Hasta los primeros tres años de vida de un bebé, la hora de la comida se parece más a una lucha campal que a un anuncio de comida para bebé. Los pequeños suelen jugar con la comida, la avientan y la embarran por todas partes, convirtiéndose aquello en un momento caótico y bastante frustrante para muchas madres.

Si tú también has experimentado una situación similar, seguramente habrás regañado en más de una ocasión a tu bebé por comer con las manos. Pero, ¿qué crees? Aunque hagan un batidero, esto es muy bueno para el desarrollo de los pequeños. Estas son las razones por las que un bebé debe comer con las manos:

Aprendizaje sensorial

Los bebés aprenden de maneras diferentes a las de un adulto. En los primeros años de vida es importante que los pequeños tengan la oportunidad de experimentar a través de todos sus sentidos. Tal vez pienses que la comida está hecha para disfrutarse con el gusto, pero para un bebé la hora de la comida es una oportunidad para aprender a través del tacto, olor, gusto y vista.

Coordinación

El desarrollo de la motricidad fina comienza desde muy temprana edad. Para que una persona pueda coordinar sus ojos con los movimientos de sus dedos tiene que practicar mucho, y para eso la hora de la comida es particularmente buena. Aunque puede ser frustrante ver cómo un bebé tira la mitad de su comida al intentar llevarla a la boca, este ejercicio lo ayuda a trabajar en su  coordinación y mejorar sus movimientos.

Independencia

Durantelos primeros meses los bebés dependen completamente de sus padres para alimentarse. Sin embargo, con el paso del tiempo los pequeños van ganando cierta autonomía, lo que les ayudará a desarrollar habilidades imprescindibles para el futuro. Cuando un niño comienza a usar las manos para alimentarse a sí mismo está comenzando a trabajar en su propia independencia.

Texturas

Al momento de descubrir nuevos alimentos la textura es tan importante como el sabor. Los niños que comen con las manos aprenden a reconocer diferentes tipos de texturas, temperaturas y otras sensaciones. Si en tu afán de mantener todo limpio y ordenado estás prohibiendo a tu hijo comer con las manos, solo estás impidiendo que desarrolle su conocimiento y, en un futuro, su apertura a nuevos
alimentos.

Experiencia positiva

La hora de la comida no tiene que ser un momento desagradable. Si los pequeños pueden divertirse mientras comen, poco a poco comenzarán a relacionar esto con una experiencia positiva. Recuerda que para los pequeños es más sencillo aprender a través de enseñanzas lúdicas que de métodos restrictivos.

¿Qué más razones necesitas para que tu hijo coma con los manos? Deja que tu pequeño se ensucie y disfrute sus alimentos con todos los sentidos. Estas recetas te ayudarán a estimular su desarrollo:

Espagueti verde

Gelatina de Gauayaba con Fresa

Mini Salchipulpos

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En Perú me enamoré dos veces. La primera fue con las montañas, en el camino de seis meses que tracé de Cusco a Chiclayo. La segunda, más reciente, en una visita de diez días a Lima y Nazca. El motivo era casi contrario: en esta ocasión quería comerme la capital a mordidas. A la par extrañaba el acento, los huaynos, la cerveza Cusqueña, los chifles de la calle; en fin, extrañaba mi Perú. Pasadas las primeras veinticuatro horas de mi llegada no había duda: la cocina peruana me había reconquistado. En ese entonces su gastronomía ya había explotado como bomba ante la crítica mundial: por todos lados era reconocida como una de las más complejas y, claro, como una de las mejores. Después de recorrer prácticamente todo el país entre mi primera y segunda visita, lo que más añoro de la cocina peruana son los sabores del humo de la serranía. La pachamanca (manjar de carnes y verduras cocinadas bajo la tierra) me sabe a los Andes cuando sus picos inasequibles eran la cobija de mis noches. Lo relaciono con el recuerdo de las edificaciones monumentales incas, con su energía mística y abrumadora. Ahí, a más de 2400 m de altura, la cultura podía disfrutarse en un potaje denso donde no faltaba la papa, el ají, el huacatay. Jamás me he comido una palta (aguacate) más grande o una piña más dulce que las que probé allá en las alturas.Pero las regiones en Perú dividen los hallazgos. La accidentada geografía, los asentamientos y las migraciones terminaron por agrupar sus preparaciones: las hay marinas, las hay fusión –chifa y nikkei– andinas, criollas, africanas, amazónicas... Rico por donde se le vea. La más laureada quizá sea la cocina marina:es una ceremonia rendida al inmejorable producto de las corrientes frías de Humboldt en el Pacífico y adicionada casi siempre con toques orientales. Como en todos los países lo esencial se concentra en la capital. Hay que esquivar puestos y personas en las banquetas para llegar al ceviche o la leche de tigre más fresca en el Mercado no. 1 de Surquillo. Para un buen comilón de cocina china se toma camino al centro y se llega a San Joy Lao –imperdible el arroz chaufa de charqui y chanchito–. En barrios como Miraflores y San Isidro están las joyas intelectualizadas de los grandes chefs locales como Virgilio Martínez de Central, Pía León de Kjolle o mi gran favorito, Mitsuharu Tsumura de Maido, que lleva a la cumbre los sabores nikkei (mitad peruanos, mitad japoneses). Imposible dejar de mencionar a Astrid y Gastón de Gastón Acurio, el gran caudillo de la gastronomía peruana por el mundo; los sitios relativamente nuevos como Osso o los de siempre como Fiesta.Atrás nunca se quedan los guisos de las picanterías, los picarones que se consiguen en las tiendas cuando es temporada, y los anticuchos de las esquinas que lo encuentran a uno cuando lleva puesta la madrugada. Su olor a carne especiada hecha al carbón llama lo mismo que un anuncio gigante de neones. En las picanterías convergen los saberes de la cocina popular. Me da nostalgia pensar en sus chicharrones, sus chupes (caldos)– y sus patitas de chancho. En estos pequeños locales generalmente resguardados por una matriarca se recoge el génesis de la gran gastronomía peruana y las técnicas transmitidas por generaciones. Son de tanto valor las picanterías que varios distritos las han declarado Patrimonio Cultural de la Nación. La cocina peruana no se salva de lo exótico, lo intrincado. ¿Alguna vez han probado carne de llama, alpaca o cuy? En algunas zonas de Perú son un manjar. Y es que la textura de la alpaca es inigualable, se deshace a penas se le hinca el tenedor. Para mí era todo lo que pedía –y uno o dos pisco sours– tan pronto volvía al Cusco cada viernes, después de una semana internada en las montañas. A la cuenta faltan mil guisos, decenas de bebidas, postres que hacen suspirar y las preparaciones de regiones como Chiclayo o Arequipa. Trataré de hablar de todo en otras cartas editoriales. Tal vez con palabras pueda expresar todo el amor que siento por esta cultura y su comida. Mientras tanto, les comparto con todo cariño y respeto, una receta originaria de la ciudad de Huancayo y un imperdible de los restaurantes de Lima: la papa a la huancaína. La preparación original lleva obviamente ají amarillo, aunque aquí la hicimos con pimiento amarillo para que las cocineras de casa pudieran encontrarlo fácilmente. ¿Les digo algo? ¡Quedó buenaza!
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