No conocías este Superfood que llegó a transformar tu vida
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No conocías este Superfood que llegó a transformar tu vida

Por Kiwilimón - Octubre 2016
Hoy más que nunca la salud y la buena alimentación están en boca. Desde hace unos años existe un rechazo hacia lo sintético y una gran aceptación hacia productos orgánicos, naturales y saludables. De estos últimos, uno de los menos conocidos pero que mayores atributos alimenticios tiene, es el wheatgrass (pasto de trigo). Hoy te platicamos todo sobre éste superfood y te decimos dónde conseguirlo. https://www.instagram.com/p/BLxnEfhBqGB/ El wheatgrass es una planta que se cultiva a partir de una variedad especial de trigo y que contiene altas concentraciones de clorofila, enzimas activas, vitaminas y otros nutrientes extremadamente beneficiosos para nuestro organismo.

La forma en la que se consume es líquida, como un jugo riquísimo en nutrientes por lo que es súper fácil de digerir y además portátil.

Ahora, te preguntarás qué beneficios tiene este producto, aquí te enlistamos los más importantes:
  • Está constituido por clorofila en un 70%; la clorofila es antibacterial y antiviral.
  • Tiene altos niveles de oxígeno, tanto el cerebro y la función de todos los tejidos del cuerpo funcionarán a un nivel óptimo en un entorno altamente oxigenado.
  • Es muy alto en enzimas y magnesio.
  • Puede eliminar los metales pesados del cuerpo y así limpiar tu organismo.
  • La clorofila asiste al reconstruir el torrente sanguíneo y los tejidos del cuerpo.
  • Por las mismas razones purifica el hígado.
  • Disminuye los problemas de azúcar en la sangre.
  • Cura el acné, e incluso elimina las cicatrices después de una ingestión de siete a ocho meses, por lo que es un ingrediente atractivo tanto para adultos como para adolescentes.
  • Previene las caries, pero también ayuda con el dolor bucal pues hacer gárgaras con jugo de wheatgrass las elimina o disminuye.
  • Mejora la digestión y ayuda a resolver el estreñimiento.
Es increíble que un solo ingrediente contenga todos estos atributos (y varios más), pero es real y es por eso que uno puede estar seguro y confiado cuando le llamamos “súper alimento” al pasto de trigo. Ahora, encontrarlo tiene su truco ya que no es un producto que veas en todos los supermercados, la buena noticia es que Así o Más Verde, un súper orgánico con servicio de delivery de productos mexicanos naturales y artesanales, te lo puede hacer llegar. https://www.instagram.com/p/BLjXsWxhLnZ/?taken-by=asiomasverde Así o más verde se caracteriza por ser una empresa consciente de las necesidades nutricionales de las personas desde sus inicios en 2013. Su servicio de entrega a domicilio se encarga de hacer llegar el wheatgrass a tu hogar, pero también productos locales naturales como miel, semillas, pan, lácteos, salsas, snacks, condimentos, etc. Todos sus productos son naturales y hechos exclusivamente para cuidar la salud, además de que tienen un servicio que piensa en TODO para que tú no tengas que preocuparte de NADA.

Aquí te explicamos cómo funciona su servicio y no te quedes sin probar sus deliciosos productos que protegen tu cuerpo:

Ya lo sabes, un poco de wheatgrass en tu dieta traerá muchos beneficios a todo tu sistema para que lleves una vida más sana y completa. Para más formas de mantenerte saludable te invitamos a cocinar rico y sano con las recetas de nuestro sitio.  
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Ser pionera en la cocina no es fácil. Corrijo. Ser pionero en cualquier ámbito es una rareza. Chepina Peralta fue de aquellas señaladas para abrir brechas y lo hizo prendada de las recetas: en los años sesenta fue la primera conductora mujer en liderar un programa culinario en América Latina. En los noventa años que Lucía Josefina Sánchez Quintanar vivió, nos hizo soñar con los sabores de aquello que la mirábamos hacer del otro lado del televisor. La semana pasada partió, pero está claro: Chepina Peralta es cultura popular mexicana. Su legado no se va a ningún lado.Chepina fue la conductora de programas inolvidables como La Cocina de Chepina, Chepina en tu cocina y por supuesto, Sal y Pimienta, entre muchos otros. En cada uno, siempre la enmarcaban la barra de una cocina y unos anaqueles de set, mientras parada o sentada, pelaba ingredientes, agregaba especias y salpicaba sin reparos. En ella no había poses ni rituales histriónicos. Al contrario. En sus programas nos hacía creer que la comida rica estaba al alcance de todas las manos y que lo máximo sería probar algo que viniera de las de ella. A mí personalmente me inspiró a los siete años a fantasear con mi propio programa culinario. Muy a pesar de la cocina de mis padres, yo no agregaba espinacas ni acelgas en la licuadora cuando veía Sal y Pimienta. Lo que ella evocaba en mí era crear, divertirme: “Amigos, el día de hoy prepararemos unos deliciosos bombones con papitas… y pimienta… y cátsup… y galletas… en la tostadora. ¡Van a quedar buenísimos!”. Chepina no sólo inspiró a niños y sus madres, sino a generaciones de familias que comenzaron a comer con los ojos. Gracias a ella –la señora del mandil floreado– muchas mujeres decidieron darle descanso al microondas, comer menos guisos de congelador. La cocina y la salud de las generaciones abre-fácil conocimos la esperanza de lo hecho en casa. Pero que a nadie engañe esa dulzura de tía entrañable, de abuela consentidora. Chepina Peralta supo construir su propio emporio alrededor de las recetas. Ella no estudió para cocinera. Según su descripción era una “maestra en el arte de la palabra”, por lo que la conducción de un programa televisivo parecía irle como guante de seda.  Su facilidad de palabra y carisma le valió un espacio fijo en distintas televisoras en las que grabó casi ocho mil programas. De los libros de su autoría se cuentan trece. Hay programas de radio, entrevistas, publicaciones escritas. Todo. Chepina, antes de que la cocina mexicana fuera el orgullo nacional que es ahora, la divulgó, la reincorporó al menú diario con preparaciones fáciles y accesibles para las amas de casa. La cocina de los años setenta y ochenta estuvo marcada por sus cremas de verduras, por sus mixiotes, sus atoles, sus tortitas de papa, sus pasteles salados y sus gelatinas. Sin más, definió la cocina de todos los días en el devenir de los años. En el marco del Festival Morelia en Boca de 2017, Chepina Peralta recibió un reconocimiento por el mérito de sus cuarenta años de carrera. Aún tengo el recuerdo de la chef contando emocionada que había sido a través de la cocina que había conocido México, el mundo y, sobre todo lo demás, a sí misma. Chepina seguirá siendo la inspiración de quienes pensamos que cocinar es alegría, terapia y autoconocimiento, y que un plato a la vez se puede cambiar a otros, a uno mismo.
La historia del pan en San Cristóbal de las Casas inicia con las alforjas cargadas de trigo que viajaban, junto a rebaños y otros productos comestibles, con los castellanos que se asentaron en el Valle de Hueyzacatlán. Al asentamiento le siguieron consecuencias. Algunas evidentes, como la hegemonía del trigo en San Cristobal, indisputable hasta el siglo XIX y en relativa competencia con los tuxtlecos, que entraron en la escena en el XVII. Para entonces, las cartas estaban sobre la mesa: San Cristobal tenía ya una vocación panadera, una vocación imborrable, imperecedera.   Aunque de los molinos de la época quedan poco más que recuerdos —y una ruta que se puede hacer por la montañas en bicicleta—, en este destino chiapaneco la identidad sigue ligada al pan: al tradicional y al moderno, al coleto y al europeo. Así, el pan se asoma a la mesa del desayuno, se ofrece como colación a medio día o como cierre de la merienda. El pan está en las casas, en las cafeterías —que tampoco son pocas— y en los restaurantes. Mi primer encuentro con la panadería de la región fue fortuito —poco antes de enterarme que iba a escribir este artículo—. Fue en Sibactel y Aldama, dos de las 60 comunidades que producen café en Chiapas. Fue después de recorrer los cafetales, cerca del medio día. Fue en el patio de secado del beneficio comunitario de Sibactel, con una taza de pozol. Fue en casa del caficultor Pedro Vázquez, donde sus hijas disponen café de olla, horchata y una canasta copada de pan dulce como un gesto de hospitalidad. En esa primera ronda se me quedó impregnada la consistencia firme de los panes —muy distinta a la de los europeos con aire, suaves, esponjosos— y una nota de humo, siempre presente en las cocinas y los hornos de leña que, en este lado del mundo, todavía son comunes.  A mi vuelta al centro de San Cristóbal, y gracias a las recomendaciones de los chefs de Tierra y Cielo, llegué con más intención a la puerta de la panadería Fátima, un local de fachada bicolor —morado con blanco, reconocible a leguas— en la calle Benito Juárez, que tiene más de 30 años en operación.Los anaqueles de Fátima son una librería del amplio repertorio del pan coleto que además de lo ya dicho, es diverso en forma y fondo. Aquí verán montañas trigueñas de panes planos, enroscados o trenzados —mis favoritos—, con cortezas cubiertas de azúcar o ajonjolí, con migajones oscuros o amarillentos, preparados con piloncillo, canela y muchas veces con manteca. Los reconocerán también por su nombre de pila: cazuelejas —quizás las más famosas—, rosquillas, marquesotes, pan de yema o pan de manteca. Los amarán un poquito más porque son una ganga. A riesgo de parecer disco rayado —o la burra al trigo, en una analogía más pertinente—, quiero hacer hincapié en la textura de estos panes: esa que es firme, porosa, a veces arenosa, a veces crujiente. Si me preguntan, esa textura es pretexto, una provocación, un estado ideal que pide a gritos el ahogo de una bebida caliente —café, chocolate, atole, ustedes digan—.  Estudiosos del tema, como Edgar Zulca Báez, atribuyen esta característica a cuestiones más prácticas como la conservación, a que “su estructura compacta garantiza su integridad en el transporte y es resistente a la descomposición”, escribe el académico.Kievf y Marta —que en sus exploraciones panaderas preparan, entre otras cosas, panes de tascalate para el desayuno— me recomendaron complementar la expedición con las panaderías que siguen los pasos de la herencia danesa y francesa. Obediente, me dirigí a los hornos —de lugares como La Casa del Pan, Oh la lá y el Horno Mágico— que complementan, con bollería, croissants, empanadas de hojaldre, chocolatines y mantequilla, la escena panadera. Una historia que, por ahora, es harina de otro costal.
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