Introducción a las proteínas para tu bebé
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Introducción a las proteínas para tu bebé

Por Kiwilimón - Septiembre 2011
Una vez que tu bebé ya come cereales, frutas y verduras puedes comenzar a introducir proteinas. Por lo general se recomienda comenzar con pollo y después con carne de res. Muchos pediatras solicitan que no se coma pescado hasta que el bebé cumpla 1 año. Una rica receta para introducir a los bebes al pollo es un caldo de pollo para bebes: Ingredientes: 1/2 pechuga de pollo (de preferencia orgánica o sin hormonas) 1 zanahoria pelada 1 chayote pelado 1 papa pelada ½ jitomate pelado Procedimiento: 1. Colocar el pollo y las verduras en una cacerola con agua y hervir hasta que el pollo esté bien cocido (aproximadamente 30 minutos). 2. Retirar el pollo y las verduras del caldo y moler en un procesador de comida. 3. Agregar el caldo de poco en poco para decidir la consistencia deseada. Nota: Este puré se puede refrigerar por hasta 24 horas o congelar por hasta 4 semanas. Prueba diferentes consistencias con tu bebé algunos prefieren consistencias más líquidas y otros más espesas.
Liga recomendada: Otros menús infantiles los puedes encontrar aquí
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Como mexicanos, tenemos claro que los tacos en tortilla dura y con forma de quesadilla no son tacos, pero dentro del universo tex-mex, son un manjar con mucha historia.Pero ¿cuándo surgió este tipo de comida?, ¿quién la hizo popular? Su origen no sólo es una mezcla de dos culturas, sino todo un viaje de sabores.La etiqueta “Tex-Mex” se usó hasta la década de 1960 para describir la comida única del estilo de la región fronteriza, pero su origen se remonta más de cien años atrás, cuando Texas ¡todavía era parte de México! Así, el término se puede rastrear como una abreviatura del Ferrocarril Texas-Mexicano, alrededor del año 1875.Pero durante las décadas siguientes a los 60, diferentes ingredientes y estilos de cocina se combinaron a lo largo de la frontera para convertirse en lo que hoy llamamos Tex-Mex. El primer uso puede deberse a un artículo de 1963 en la revista The New York Times, sin embargo, el término realmente no despegó hasta la publicación del libro de 1972 “Las cocinas de México”, de la autora y gastrónoma inglesa Diana Kennedy.Kennedy, conocedora de la cocina mexicana y ganadora de Orden Mexicana del Águila Azteca, usó el término para establecer una distinción importante entre la auténtica cocina mexicana y la versión americanizada, que era popular en Texas. Los propietarios de restaurantes mexicanos se ofendieron por el término al principio, pero, al final, la mayoría abrazó el término.Ahora, en cuanto a la comida, el tex-mex tiene sus raíces en las misiones españolas, donde se mezclaban alimentos básicos aztecas como frijoles, con ingredientes europeos, como el arroz. Los españoles también trajeron consigo muchos sabores que son esenciales para la cocina Tex-Mex, entre ellos, el aceite de oliva, la cebolla, el ajo, el orégano y el cilantro.Así, los tejanos descendientes de españoles fueron quienes mezclaron estos dos estilos de cocina después de que Texas se convirtió en un estado independiente y más tarde parte de Estados Unidos, logrando mantener su identidad y al momento de combinar sus recetas familiares tradicionales con los nuevos sabores que llegaron al área a medida que los estadounidenses emigraron al estado.Los platillos más famosos dentro de la comida Tex-MexEl chili con carne es un guiso de carne molida y chiles (y a veces frijoles) que se convirtió en un plato popular en San Antonio durante la década de 1880. Se trata de un plato esencial Tex-Mex que encontró una audiencia aún mayor en la Feria de la Palabra de 1893 en Chicago, gracias a la aparición del puesto de chili de San Antonio.Por su parte, los burritos nacieron en la frontera y se cree que recibieron este nombre en Ciudad Juárez, durante la Revolución Mexicana, gracias a un vendedor ambulante que los sirvió desde la parte trasera de su burro.Algunas otras de las comidas Tex-Mex más famosas son los nachos, nombrados así por un chef mexicano que por supuesto se llamaba Ignacio; las chimichangas, de las cuales dos restaurantes, en Arizona reclaman ser los creadores, y los frijoles refritos, que en México conocemos bien.Actualmente, la comida Tex-Mex existe en muchas partes del mundo, con restaurantes en Francia y muchísima demanda en Estados Unidos. Así que claro que el Tex-Mex no es completamente mexicano, pero sí tiene raíces y no deja de ser una delicia a la hora de comer.Anímate a probar esta vertiente de la comida mexiana en Estados Unidos con estas deliciosas recetas:Lasaña Tex MexBurrito de Pollo Búfalo con AguacateNachos con Queso y Chili con Carne
¿Existe un postre más perfecto que las galletas? No lo creo. Y aun así recuerdo con más cariño el olor a galletas haciéndose en el horno que el momento de hincarles el diente junto a un vaso con leche. No le digan a mi mamá, pero casi siempre sus galletas quedaban más duras que una palanqueta vieja. Y cuando eres pequeña, que a tu mamá le haya tomado horas hornearlas, que se haya gastado pesos de más y que haya añadido ingredientes secretos como «amorcito», puede pasar desapercibido. Tras uno o dos intentos de morder sin éxito un trozo de galleta, la dejaba olvidada sobre el mantel floreado, a reserva de que otra cosa –un objeto azucarado con la textura ideal– entretuviera mi antojo. De verdad no le digan, pero a pesar de que mi mamá es una gran cocinera, no lograba hornear las galletas perfectas. Por años guardé el recuerdo de sus galletas duras o secas en el cajón de las sensaciones truncas y cuando en el diplomado de gastronomía tuve que hacer mi primer lote, inmediatamente se reabrió ese cajón. Las mías, unas redondísimas galletas de mantequilla eran terribles. ¿Qué tanto? Si las hubiera lanzado contra una ventana hubieran dejado un hoyo de bala. Sí, en aquel entonces no había superado la prueba, ni tampoco en las ocasiones siguientes. Tomé varios cursos bajo el ojo inquisidor de distintos profesores. En todo experimento sólo había variaciones de dureza: de galletas con textura de piedra pómez a galletas con textura de mármol. Se imaginarán que el tema me frustró de más, y es que las amo sobre los demás postres. Pero hace poco el milagro sucedió. Quiero compartirles lo que he aprendido sobre las galletas para lograr que queden –por fin– perfectas.Es mucho lo que puede salir mal en su confección. Sólo un correcto uso de los ingredientes, las formas, los tiempos y las temperaturas pueden conseguir unas galletas de consistencia suave pero crocante –no hay que olvidar que ese es su don, su bien, su encanto–. Lo primero es la elección de los ingredientes, mejor que sean de calidad, que la mantequilla sea de leche y no de grasa vegetal. Una buena harina hará la diferencia, el tema con ellas es el gluten. Entre menos gluten, más suaves quedarán. Antes de ponerse el mandil favorito, apenas las ganas de hornear invadan al cuerpo, hay que sacar la mantequilla del refrigerador para que se vaya aclimatando a la temperatura del ambiente. Algo a no dar por sentado es la taza medidora. Mejor que no sea la taza del café (en cada taza de café hay un mundo y las del recuerdo de Acapulco no tienen la misma proporción que la taza heredada de porcelana). Los ingredientes hay que medirlos como científico, en especial la harina. Nada de copetear. Ese poquito de más podría ser el culpable de que todos los esfuerzos se estropeen. La mantequilla: que también sea exacta. A mí alguna vez se me ocurrió quitarle un cuartito de taza y en otra ocasión usé una reducida en grasa para restarle calorías al pecado. En ambos casos me enfrenté a un triste y duro final. ¿Valió la pena? No. Ahorré calorías porque resultaron incomibles.¿Los ingredientes ya están medidos, peinados y listos para ir al baile? Ahora hay que asegurarse de ponerlos en el orden correcto dentro de la batidora. (Si no se cuenta con batidora, no pasa nada, sólo no hay que sustituirla con el poder sónico del brazo. Si la masa se manipula demasiado, se despertará a la bestia del gluten y con él, las rocas del horno). Tan sólo hay que mezclar (no batir) para obtener unas galletas perfectas. El orden es así: mantequilla a temperatura ambiente, azúcar (una mezcla de 60% blanca, 40% mascabado será genial), harina y royal cernidos como manda la tradición, la pizca de sal –que es como el alma: nadie puede vivir sin ella– y sólo hasta el final, cada uno de los huevos. Una vez integrada la masa hay que convertirla en una bola y envolverla en papel film. Lo mejor es refrigerarla toda la noche o al menos un par de horas.En el momento de la verdad el horno debe estar precalentado a 180 ºC –aunque por la altura, esta medida puede variar–. Con 10 a 12 minutos bastará. No hay que dejarse engañar por su apariencia: aunque parezca que les falta, si sus orillas están doradas, hay que sacarlas; las galletas adquieren ese look de galletas sólo hasta que se enfrían. Para ello hay que colocarlas sobre una rejilla y ser positivo mientras tanto. Seguramente los dioses de la alquimia, el amor y el horno ya se encuentran en nuestra cocina. Y para que no queden dudas sobre cómo lograr la galleta perfecta, las chefs de Kiwilimón también te comparten sus mejores tips. Tómalos en cuenta siempre que hagas cualquiera de tus recetas favoritas de galletas. La galletoterapia no se va a ir a ningún lado. Esta tendencia para hacer en familia llegó para quedarse.“Enfría las galletas unos minutos antes de hornear. Además, recuerda que la masa de galletas no se debe de manipular demasiado.”Brenda Villagómez“No sobrebatas la masa ni hornees demasiado tiempo. Sácalas cuando aún estén un poco suaves, sobre todo si las quieres tipo chunkies.”Marielle Henanine“La clave está en cómo las hornees, tanto la forma como el tiempo. Si se hacen ‘bolitas’ de 1 cucharada y media (1 scoop pequeño de helado) y le das horneado sólo hasta que dore la orilla, te quedarán suaves. Si las aplanas un poco más –aunque sea la misma cantidad– y las dejas a dorar un poco más, te quedarán crispy.”Mayte Rueda“Al momento de estirar la masa ejerce la presión suficiente para no pasar muchas veces el rodillo. Esto evitará que se caliente. Para mayor suavidad, utiliza más mantequilla que azúcar. Si ocupas una harina con menor cantidad de proteína, quedarán más suaves.”Yamilette González
El arroz y los frijoles son dos de los granos que nos han acompañado por mucho tiempo y que son conocidos en todo el mundo.Tan sólo el arroz es el tercer cereal más producido en el mundo, mientras que el frijol es nativo de México (también de Guatemala y El Salvador) y cultivado en todo el mundo.No es raro comer cada uno como guarnición a diversos guisos, pero comerlos juntos también es una forma popular no sólo en México, sino en varias partes de América Latina.Tan sólo de Cuba nos llegan los moros y cristianos, platillo famoso mundialmente a base de arroz con frijoles, que cuenta además con otra versión llamada Congri, aunque no son lo mismo.De ellos, podemos saltar a México, en específico a Michoacán, donde el arroz cocido se come con frijoles refritos caldosos, acompañados de una salsa hecha con jitomate, ajo y chile verde, y se llama Morisqueta.Si bajamos un poco, en Centroamérica tenemos el Gallo Pinto, característico en Nicaragua y Costa Rica, aunque diferente en su preparación en cada país, pues en el primero, el plato no incluye el caldo de los frijoles y su consistencia es similar a la del picadillo.Por su parte, el arroz con habichuelas es característico del Caribe, en particular, de Puerto Rico y República Dominicana. Este consiste en arroz blanco con frijoles marrones, o habichuelas rosadas, como son conocidas allá.En Perú existe el Tacu Tacu, un platillo que aprovecha las sobras de los alimentos por tradición y que resulta en una combinación deliciosa de los cereales con ají, y que suele servirse con huevo, carne o pollo.Y como estos platillos, existen muchos otros más, en toda América Latina, preparados, nombrados y acompañados de maneras diversas en cada lugar, pero todos con la misma base: el arroz y los frijoles.Si amas el arroz, puedes comerlo en todas estas versiones:Arroz con Leche CremosoArroz con Brócoli y QuesoArroz Rojo con VegetalesSi lo tuyo son los frijoles, pruébalos así:Tortitas de Frijoles NegrosEnsalada de Nopal con FrijolesFrijoles Charros con Chorizo
¿Existe un postre más perfecto que las galletas? No lo creo. Y aun así recuerdo con más cariño el olor a galletas haciéndose en el horno que el momento de hincarles el diente junto a un vaso con leche. No le digan a mi mamá, pero casi siempre sus galletas quedaban más duras que una palanqueta vieja. Y cuando eres pequeña, que a tu mamá le haya tomado horas hornearlas, que se haya gastado pesos de más y que haya añadido ingredientes secretos como «amorcito», puede pasar desapercibido. Tras uno o dos intentos de morder sin éxito un trozo de galleta, la dejaba olvidada sobre el mantel floreado, a reserva de que otra cosa –un objeto azucarado con la textura ideal– entretuviera mi antojo. De verdad no le digan, pero a pesar de que mi mamá es una gran cocinera, no lograba hornear las galletas perfectas. Por años guardé el recuerdo de sus galletas duras o secas en el cajón de las sensaciones truncas y cuando en el diplomado de gastronomía tuve que hacer mi primer lote, inmediatamente se reabrió ese cajón. Las mías, unas redondísimas galletas de mantequilla eran terribles. ¿Qué tanto? Si las hubiera lanzado contra una ventana hubieran dejado un hoyo de bala. Sí, en aquel entonces no había superado la prueba, ni tampoco en las ocasiones siguientes. Tomé varios cursos bajo el ojo inquisidor de distintos profesores. En todo experimento sólo había variaciones de dureza: de galletas con textura de piedra pómez a galletas con textura de mármol. Se imaginarán que el tema me frustró de más, y es que las amo sobre los demás postres. Pero hace poco el milagro sucedió. Quiero compartirles lo que he aprendido sobre las galletas para lograr que queden –por fin– perfectas.Es mucho lo que puede salir mal en su confección. Sólo un correcto uso de los ingredientes, las formas, los tiempos y las temperaturas pueden conseguir unas galletas de consistencia suave pero crocante –no hay que olvidar que ese es su don, su bien, su encanto–. Lo primero es la elección de los ingredientes, mejor que sean de calidad, que la mantequilla sea de leche y no de grasa vegetal. Una buena harina hará la diferencia, el tema con ellas es el gluten. Entre menos gluten, más suaves quedarán. Antes de ponerse el mandil favorito, apenas las ganas de hornear invadan al cuerpo, hay que sacar la mantequilla del refrigerador para que se vaya aclimatando a la temperatura del ambiente. Algo a no dar por sentado es la taza medidora. Mejor que no sea la taza del café (en cada taza de café hay un mundo y las del recuerdo de Acapulco no tienen la misma proporción que la taza heredada de porcelana). Los ingredientes hay que medirlos como científico, en especial la harina. Nada de copetear. Ese poquito de más podría ser el culpable de que todos los esfuerzos se estropeen. La mantequilla: que también sea exacta. A mí alguna vez se me ocurrió quitarle un cuartito de taza y en otra ocasión usé una reducida en grasa para restarle calorías al pecado. En ambos casos me enfrenté a un triste y duro final. ¿Valió la pena? No. Ahorré calorías porque resultaron incomibles.¿Los ingredientes ya están medidos, peinados y listos para ir al baile? Ahora hay que asegurarse de ponerlos en el orden correcto dentro de la batidora. (Si no se cuenta con batidora, no pasa nada, sólo no hay que sustituirla con el poder sónico del brazo. Si la masa se manipula demasiado, se despertará a la bestia del gluten y con él, las rocas del horno). Tan sólo hay que mezclar (no batir) para obtener unas galletas perfectas. El orden es así: mantequilla a temperatura ambiente, azúcar (una mezcla de 60% blanca, 40% mascabado será genial), harina y royal cernidos como manda la tradición, la pizca de sal –que es como el alma: nadie puede vivir sin ella– y sólo hasta el final, cada uno de los huevos. Una vez integrada la masa hay que convertirla en una bola y envolverla en papel film. Lo mejor es refrigerarla toda la noche o al menos un par de horas.En el momento de la verdad el horno debe estar precalentado a 180 ºC –aunque por la altura, esta medida puede variar–. Con 10 a 12 minutos bastará. No hay que dejarse engañar por su apariencia: aunque parezca que les falta, si sus orillas están doradas, hay que sacarlas; las galletas adquieren ese look de galletas sólo hasta que se enfrían. Para ello hay que colocarlas sobre una rejilla y ser positivo mientras tanto. Seguramente los dioses de la alquimia, el amor y el horno ya se encuentran en nuestra cocina. Y para que no queden dudas sobre cómo lograr la galleta perfecta, las chefs de Kiwilimón también te comparten sus mejores tips. Tómalos en cuenta siempre que hagas cualquiera de tus recetas favoritas de galletas. La galletoterapia no se va a ir a ningún lado. Esta tendencia para hacer en familia llegó para quedarse.“Enfría las galletas unos minutos antes de hornear. Además, recuerda que la masa de galletas no se debe de manipular demasiado.”Brenda Villagómez“No sobrebatas la masa ni hornees demasiado tiempo. Sácalas cuando aún estén un poco suaves, sobre todo si las quieres tipo chunkies.”Marielle Henanine“La clave está en cómo las hornees, tanto la forma como el tiempo. Si se hacen ‘bolitas’ de 1 cucharada y media (1 scoop pequeño de helado) y le das horneado sólo hasta que dore la orilla, te quedarán suaves. Si las aplanas un poco más –aunque sea la misma cantidad– y las dejas a dorar un poco más, te quedarán crispy.”Mayte Rueda“Al momento de estirar la masa ejerce la presión suficiente para no pasar muchas veces el rodillo. Esto evitará que se caliente. Para mayor suavidad, utiliza más mantequilla que azúcar. Si ocupas una harina con menor cantidad de proteína, quedarán más suaves.”Yamilette González
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