Los 6 tés más populares que no pueden faltar en tu alacena
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Los 6 tés más populares que no pueden faltar en tu alacena

Por Adriana Sánchez - Mayo 2020
El té, esa bebida caliente que muchos toman para relajarse o para aminorar algún mal común, resulta tener un sinfín de variantes deliciosas con un sabor y olor diferente para cada gusto. Puedes encontrar el té en su presentación más básica, dentro de bolsitas de tela o en hierbas secas, listo para ser transformado en infusión y por ello, es necesario que conozcas los 6 tés más populares que no pueden faltar en tu alacena.

Té verde

El té verde es quizás el té más popular debido a sus propiedades antioxidantes y nutricionales, porque como explica el el doctor Leonardo López Guzmán, experto en medicina natural y homeopatía, “los antioxidantes combaten el envejecimiento prematuro y protegen a nuestro cuerpo de la contaminación ambiental y química”.

Además, las personas lo relacionan con la pérdida de peso y aunque no es la clave para lograrlo, la nutrióloga Nineth Carrillo comenta que gracias a su riqueza de catequinas y polifenoles, el té verde propicia la disminución del colesterol y disminuye el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares, razón por la cual todas las señoras tienen una cajita lista para abrir en sus cocinas.

Té de jazmín

Para los amantes de los sabores dulces, el té de jazmín es una opción increíble, ya que además de ser muy rico, Profesionales del Departamento de Epidemiología, Instituto Cardiovascular y Hospital Fu Wai y la Academia China de Ciencias Médicas de Beijing encontraron que ayuda a disminuir los niveles de colesterol, evitando ataques cardíacos y derrames cerebrales, además de aliviar el estrés y retrasar el proceso de envejecimiento. ¿Quién podría resistirse a él?



Té negro

Otro de los tés que más frecuentemente encontramos en las alacenas, es el té negro, que muchos utilizan como sustituto de café. Esto se debe a que ayuda a mejorar el estado de alerta mental, facilita el proceso de aprendizaje, contribuye a una mejor memoria y la habilidad para procesar la información, según información del sitio de la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos, Medline Plus.

Además, también explican que el té negro también es súper efectivo para tratar el dolor de cabeza, la presión arterial alta y baja y el colesterol y para la prevención de las enfermedades cardiacas como la arteriosclerosis, el endurecimiento de las arterias y el infarto de miocardio. Sin embargo, debemos ser cuidadosos con su consumo ya que posee un alto contenido de cafeína.

Té de manzanilla

El té de manzanilla tiene numerosas propiedades medicinales gracias a sus terpenoides, flavonoides y otros aceites volátiles que, de acuerdo a un estudio publicado por el National Center for Biotechnology Information (NCBI), funcionan como antiinfamatorio, activo antibacteriano y relajante. Esto significa que es ideal para relajarte y conciliar el sueño, para aminorarlos cólicos menstruales y dolores de estómago, así como para reducir el dolor de las articulaciones.

Té chai

El té chai, un té que ha tomado una fuerte popularidad en los últimos años, es originario de India y se parece mucho al té negro pero posee un sabor diferente, con distintas hierbas y especias aromáticas como clavo de olor, canela, jengibre, pimienta y cardamomo.

La reducción de náuseas y el malestar estomacal, el mejoramiento de la digestión y la actividad cardiaca son sólo algunos de los múltiples beneficios del té chai.

Té de tila

El té de tila es, sin duda, uno de los favoritos dentro de las cocinas mexicanas y es que gracias a su alto contenido de fitonutrientes, flavonoides y otras sustancias diaforéticas, los cuales ayudan a aliviar la presión arterial alta, calmar la ansiedad y conciliar el sueño.

De hecho, investigadores del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (CIENVESTAV), encontraron las hojas del té de tila actúan en nuestro cerebro, inhibiendo la excitación del sistema nervioso, actuando como un relajante.

Ahora que conoces los tés más populares y las razones por las cuales deben estar en tu cocina, ¿cuál te hace falta?


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En Perú me enamoré dos veces. La primera fue con las montañas, en el camino de seis meses que tracé de Cusco a Chiclayo. La segunda, más reciente, en una visita de diez días a Lima y Nazca. El motivo era casi contrario: en esta ocasión quería comerme la capital a mordidas. A la par extrañaba el acento, los huaynos, la cerveza Cusqueña, los chifles de la calle; en fin, extrañaba mi Perú. Pasadas las primeras veinticuatro horas de mi llegada no había duda: la cocina peruana me había reconquistado. En ese entonces su gastronomía ya había explotado como bomba ante la crítica mundial: por todos lados era reconocida como una de las más complejas y, claro, como una de las mejores. Después de recorrer prácticamente todo el país entre mi primera y segunda visita, lo que más añoro de la cocina peruana son los sabores del humo de la serranía. La pachamanca (manjar de carnes y verduras cocinadas bajo la tierra) me sabe a los Andes cuando sus picos inasequibles eran la cobija de mis noches. Lo relaciono con el recuerdo de las edificaciones monumentales incas, con su energía mística y abrumadora. Ahí, a más de 2400 m de altura, la cultura podía disfrutarse en un potaje denso donde no faltaba la papa, el ají, el huacatay. Jamás me he comido una palta (aguacate) más grande o una piña más dulce que las que probé allá en las alturas.Pero las regiones en Perú dividen los hallazgos. La accidentada geografía, los asentamientos y las migraciones terminaron por agrupar sus preparaciones: las hay marinas, las hay fusión –chifa y nikkei– andinas, criollas, africanas, amazónicas... Rico por donde se le vea. La más laureada quizá sea la cocina marina:es una ceremonia rendida al inmejorable producto de las corrientes frías de Humboldt en el Pacífico y adicionada casi siempre con toques orientales. Como en todos los países lo esencial se concentra en la capital. Hay que esquivar puestos y personas en las banquetas para llegar al ceviche o la leche de tigre más fresca en el Mercado no. 1 de Surquillo. Para un buen comilón de cocina china se toma camino al centro y se llega a San Joy Lao –imperdible el arroz chaufa de charqui y chanchito–. En barrios como Miraflores y San Isidro están las joyas intelectualizadas de los grandes chefs locales como Virgilio Martínez de Central, Pía León de Kjolle o mi gran favorito, Mitsuharu Tsumura de Maido, que lleva a la cumbre los sabores nikkei (mitad peruanos, mitad japoneses). Imposible dejar de mencionar a Astrid y Gastón de Gastón Acurio, el gran caudillo de la gastronomía peruana por el mundo; los sitios relativamente nuevos como Osso o los de siempre como Fiesta.Atrás nunca se quedan los guisos de las picanterías, los picarones que se consiguen en las tiendas cuando es temporada, y los anticuchos de las esquinas que lo encuentran a uno cuando lleva puesta la madrugada. Su olor a carne especiada hecha al carbón llama lo mismo que un anuncio gigante de neones. En las picanterías convergen los saberes de la cocina popular. Me da nostalgia pensar en sus chicharrones, sus chupes (caldos)– y sus patitas de chancho. En estos pequeños locales generalmente resguardados por una matriarca se recoge el génesis de la gran gastronomía peruana y las técnicas transmitidas por generaciones. Son de tanto valor las picanterías que varios distritos las han declarado Patrimonio Cultural de la Nación. La cocina peruana no se salva de lo exótico, lo intrincado. ¿Alguna vez han probado carne de llama, alpaca o cuy? En algunas zonas de Perú son un manjar. Y es que la textura de la alpaca es inigualable, se deshace a penas se le hinca el tenedor. Para mí era todo lo que pedía –y uno o dos pisco sours– tan pronto volvía al Cusco cada viernes, después de una semana internada en las montañas. A la cuenta faltan mil guisos, decenas de bebidas, postres que hacen suspirar y las preparaciones de regiones como Chiclayo o Arequipa. Trataré de hablar de todo en otras cartas editoriales. Tal vez con palabras pueda expresar todo el amor que siento por esta cultura y su comida. Mientras tanto, les comparto con todo cariño y respeto, una receta originaria de la ciudad de Huancayo y un imperdible de los restaurantes de Lima: la papa a la huancaína. La preparación original lleva obviamente ají amarillo, aunque aquí la hicimos con pimiento amarillo para que las cocineras de casa pudieran encontrarlo fácilmente. ¿Les digo algo? ¡Quedó buenaza!
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