¡Tips para ser Feliz!

Por Kiwilimón - Noviembre 2014

La vida está llena de cambios, ciclos que se abren y cierran, la mayoría son agradables pero otros pueden ser causa de sufrimientos. Sin embargo, aunque parezca imposible, se puede ser feliz cuando “todo va mal”.

Nos cuesta trabajo ser felices porque buscamos la dicha en las cosas materiales y  en otras personas, olvidando que nosotros somos los únicos que podemos generarnos nuestra propia felicidad”.

“Todo depende de cómo se mire”, en una primera instancia este dicho popular tiene un significado vago, pero al reflexionarse y sobre todo, aplicarse a la vida cotidiana cobra sentido. Ya que nos puede parecer difícil ser felices cuando no se tiene un trabajo agradable o nos ha ido mal en el amor, pero estos problemas pueden ser una gran oportunidad. ¡Depende de ti!

Para lograrlo te proporcionamos los siguientes tips:

1. Reconoce que no eres perfecto.

2. Las decisiones que tomaste en el pasado, fueron las mejores que pudiste haber tomado, de acuerdo a tus experiencias, herramientas de vida y a nivel emocional.

3. Vive el presente, no se puede vivir en el pasado (tristeza) o en el futuro (ansiedad). Tienes  que disfrutar plenamente lo que pasa aquí y ahora.

4. Recuerda que tú eres la única responsable de tu vida.

5. Tómate un tiempo cuando este sea necesario, descansa.

6. Si tienes alguna enfermedad, necesitas conocer de qué se trata, qué opciones de tratamiento tienes  y llevar a cabo lo necesario. Nadie más puede hacerse responsable de esto más que tú

7. Llora cuando sientas la necesidad, nos han enseñado que no debemos demostrar nuestra tristeza cuando ésta forma parte de nuestro repertorio emocional.

8. Da gracias todos los días.

Al decidir automáticamente comenzamos a ser responsables de lo que estamos eligiendo. El siguiente paso será hacerte cargo de la tarea de buscar lo que para ti significa la felicidad(valores, deseos, manejo emocional, afrontar los retos o problemas). Y esta búsqueda de la propia felicidad se juega todos los días, en todo momento”.

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El universo de los tacos es infinito si tomamos en cuenta lo que constituye un taco en sí. Se dice que un taco se compone, en su expresión más básica y elemental, de tortilla, el relleno que se asentará al centro de ésta y la salsa que corona el conjunto. La tortilla es ese sol de maíz que ilumina y engloba y atraviesa y traspasa y envuelve en un todo la mexicanidad o, más bien, aquello que el Estado-Nación nos ha machacado bajo el paraguas de “lo mexicano”. Alejandro Escalante describe en La Tacopedia estos elementos como “la santísima trinidad de México”.  Hay días que despierto pensando en tacos debido a mi caprichosa naturaleza antojadiza y, en los últimos meses, también hay jornadas en que hablo de tacos todo el santo día. En ocasiones me impongo un ejercicio de autoexaminación y, para el caso, quisiera asumir que todo mexicano se ha cuestionado lo mismo: ¿cuál es mi taco preferido?  Hoy amanecí pensando en el taco placero: ese taco sencillo que nace de la mera espontaneidad de juntar esto y aquello que se ha traído del mandado en un taco, a manera de un tentempié o de preludio de una comilona. De acuerdo con el Diccionario Enciclopédico de la Gastronomía Mexicana, el taco placero también se conoce como taco de plaza y es típico del centro del país. En Tlaxcala se puede acompañar también de requesón y quelites como pápalo, pipicha o cilantro.  Se dice o se considera que el taco placero puede contener: 1) tortilla, 2) chicharrón, 3) guacamole o aguacate, 4) salsa, 5) queso fresco, 6) nopales. Un taco que incluya estos seis elementos será digno de respetarse; no obstante, el taco placero puede incluir una combinación aleatoria de los mismos como: 1, 2, 4 o 1 ,3, 4, 5 o 1, 3, 4, 6 o, incluso, 1, 2, 5, 3. La tortilla, el chicharrón y la salsa constituyen un taco placero minimalista, pero no por ello simplón. Cada uno de estos elementos carga a sus espaldas siglos de cultura alimentaria que se ha forjado en el territorio mexicano a fuerza de comal, cazo de cobre y molcajete.  En el taco placero también está entrelazada la acción de salir a la compra de ingredientes y “echarse un taco” en el camino. En este sentido, el taco placero es también un taco que se come a contrabando, un taco que es premio, consuelo y mata hambre para los que llevan a cuestas la canasta o la bolsa del mandado. Mi papá no perdona el taco placero. Es sabido en mi familia -especialmente por mi madre- que antes de que la mesa esté puesta y las viandas listas para la carne asada, mi santo padre ya tiene media estocada porque él fue el encargado de ir al mercado.  La evidencia es clara: el chicharrón está pellizcado, el aguacate está a medio cortar y, como arte de magia, el hambre que mueve muchas de las acciones de mi padre se ha domeñado y su urgencia rabiosa por comer ha desaparecido. El taco placero también es un abreboca. Una vez dispuestos todos los ingredientes sobre la mesa, hay que moverse rápido, codo a codo entre los comensales, para armar el taco al gusto personal. El taco placero es público y a la vez casero. El taco placero es universal y también particular, pues cada uno lo construye a su modo y costumbre. El taco placero es chairo, para nada fifí; es ambulante, es antojadizo, es resistencia económica en el haber doméstico. Por último, el taco placero no tiene género; es decir, no está asociado al personaje masculino del taquero o la acción femenina de cocinar un guisado. El día de hoy mi taco favorito es el taco placero porque me recuerda a los días de la visita al tianguis con mis padres. Al taco placero no le ha tocado el tiempo y, aunque nosotros hemos cambiado, el taco placero permanece crujiente, picante, fresco, siempre jovial y listo para el convivio en familia. El taco placero es un taco que parece almuerzo, que es comida, que es antojo. El día de hoy, ¿cuál es tu taco preferido? Receta de salsa de guacamole 1 aguacate 1 rama de cilantro ¼ de cebolla 3 tomates verdes 3 chiles serranos 1 diente de ajo el jugo de 1 limón 2 cdas de aceite de oliva Sal y pimienta al gusto Hay que licuar el aguacate, el cilantro, la cebolla, los tomates, los chiles serranos, el diente de ajo y el jugo de limón. Muele hasta lograr la consistencia deseada. Agrega el aceite de oliva e incorpora bien. Salpimienta al gusto. 
Cuando pensamos en un vino mexicano, de inmediato nuestra mente se traslada al Valle de Guadalupe, y no es para menos, pues se ha convertido en un destino imperdible que ha permitido que nuestros vinos trasciendan fronteras a nivel internacional.   El Valle de Guadalupe forma parte de la Ruta del Vino de Baja California, misma que permite hacer un recorrido por más de 64 bodegas de producción, repartidas en siete valles y donde se produce aproximadamente el 90 por ciento de los vinos de nuestro país.  El Valle de Guadalupe, Calafia y San Antonio son las zonas que concentran el mayor número de viñedos, al sur se encuentran los Valles de Santo Tomás, San Vicente y Ojos Negros, mientras que al norte se ubica el Valle de las Palmas.  Y si gustas de los buenos vinos, te comparto algunas opciones del Valle de Guadalupe que son verdaderamente imperdibles. 1. Capricornius El Cielo Chardonnay 100% Chardonnay, añejado 6 meses en barricas de roble francés. Servido entre 10 y 12°C acompaña muy bien pescados como atún, bacalao o sardinas, pastas cremosas y aves a la parrilla. 2. Grenache Monte Xanic 100% Grenache fermentado en depósitos de acero inoxidable. Se recomienda servirlo a 8°C para maridar entremeses de mariscos y ostras; carpaccio, paella, platos asiáticos o una tarta de frutos rojos. 3. Jardín Secreto Adobe Guadalupe Ensamble de Tempranillo, Cabernet Sauvignon y Cinsault, 10 meses añejado en barrica de roble francés y americano. Complejo, de buen cuerpo y balanceada acidez, es ideal para quesos, pastas, carnes o pescados a una temperatura de servicio de 16°C. 4. Montefiori Shiraz Cabernet Mezcla 70% Shiraz y 30% Cabernet Sauvignon, reposado 12 meses en barricas de roble francés. Es recomendable servirlo entre 15 y 18°C para acompañar embutidos, quesos fuertes, pato o carnes rojas. 
La forma que tiene el cuerpo de comunicarse físicamente con nosotros es a través del dolor, de la incomodidad, de la sed, del hambre. El apetito es una sensación que llega en varios momentos del día y por la cual tenemos la necesidad de ingerir alimentos; malo cuando llega sin previo aviso, cuando comemos sin sentirla, cuando aun después de comer no cesa. A través del apetito es que nuestro cuerpo expresa una insatisfacción que no siempre es corporal. En un estado de consciencia plena –en conexión al presente, en sincronía con el cuerpo y sus sensaciones- podemos identificar plenamente desde dónde se produce el apetito. Para ello hay que hacer una observación interna: en el dentro se resguardan más que órganos; en el dentro se expresan un sinfín de sensaciones que siempre tienen algo que contarnos sobre nosotros mismos.  Tener una buena comunicación con el cuerpo es elemental para la conservación de la salud y por supuesto, para dejar de pelear con la comida, para dejar de saltar de una dieta a otra, para dejar de enemistarnos con el afuera cuando en realidad lo que sucede es que hay una desconexión con el dentro. La comunicación con el cuerpo no es una locura del new age. La comunicación corporal significa aguzar los sentidos hacia lo más tangible que tenemos; tomarse el tiempo y el espacio para escuchar al cuerpo. Basta con respirar un par minutos tomando conciencia de la inhalación y la exhalación e ir escaneando cada una de las partes del organismo –sí, como si fuéramos una máquina de rayos x–. “Esta es mi nariz. Esta es mi boca, mis vísceras, mis músculos, mi sangre, mi piel…” A partir de unos instantes notaremos cómo se encuentra mi dentro: qué duele, qué se siente bien, qué le hace falta. La meditación, entonces, se convierte en un diálogo corporal en el que el sabio más sabio nos revela su estado anímico, físico y emocional.  A partir de esta práctica diaria comenzaremos a tomar mejores decisiones alimenticias y, por supuesto, identificaremos desde dónde viene el hambre que experimentamos. Según Jane Chozen Bays, una escritora y teórica del mindful eating, existen siete tipos de hambre. Hambre visual: surge, por ejemplo, cuando vemos un pastel siendo cortado y de cuyo esponjoso interior emerge una lava de chocolate derretido. Es el llamado food porn: estímulos hechos a través de la comida que despiertan la sensación de quererlo ¡ya! Hambre olfativa: ¿existe algo más seductor que el aroma que arroja una olla de tamales? ¿Las notas de un café? ¿Unas galletas en el horno? No lo creo. Todo eso es una cubetada de agua a esa hambre que se despierta a través de la nariz. Hambre bucal: muchos de nosotros la vivimos en la pandemia; llega con el impulso de querer masticar algo, roerlo, porque sentimos angustia, porque experimentamos ansiedad. Ésta no encontrará saciedad hasta que la crisis ceda o la conciencia del momento y de lo que estamos sintiendo, aterrice en nosotros. Hambre estomacal: esta es producto de la vacuidad, o al menos de tener espacio en el órgano al que algunos médicos orientales llaman el segundo cerebro. Es normal tener hambre estomacal después de algunas horas de ayuno. Hambre celular: el hambre que las embarazadas expresan en antojos. Se basa en los requerimientos del cuerpo pues según sus cálculos perfectos y sabios, existe un déficit de nutrientes o una conversión desbalanceada entre energía y fuentes de poder. Este tipo de apetito suele aparecer tras el ejercicio intenso. Hambre mental: llega a nosotros cuando un estímulo enciende un recuerdo de la infancia, de lo que consideramos relevante culturalmente o de lo que aprendimos que era delicioso. Esta hambre nos salta en la cabeza cuando estamos a dieta o restringidos de alimentos; cuando extrañamos eso que nos cocinaban en casa o que evoca algún momento feliz. Hambre del corazón: cuántas veces nos hemos comido la falta de dulzura, de alegría, de amor, el abandono o el rechazo. Esta es el hambre que busca desesperada –y también inasequiblemente– cerrar una grieta emocional a través de kilos y litros de comida y bebida. Intentamos llenar un vacío emocional con algo físico en el que más pronto llega la culpa y el castigo que la alegría. Por esta razón es que los psicólogos recomiendan no convertir la comida en castigo ni en recompensa al educar a los hijos.La meditación o la práctica de mindfulness (tomar conciencia del aquí y el ahora durante varios minutos al día), nos hace contactar claramente con los pensamientos, las emociones y, por supuesto, con el organismo. Si nos tomamos el tiempo para conocerlo iremos aprendiendo sobre sus carencias, sobre cómo manifiesta las faltas emocionales y sobre sus necesidades fisiológicas. Al final, escuchando al sabio, tomarás mejores decisiones alimenticias. Mejores decisiones en general, pues.
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