Los beneficios del aceite de oliva
Tips de Cocina

Los beneficios del aceite de oliva

Por Kiwilimón - Julio 2011
  El aceite de oliva no es sólo un capricho de las mujeres que tratan de cuidar la silueta o simplemente porque el gusto es rico. Últimamente la ciencia ha hecho ciertos descubrimientos que colocan al aceite de oliva no sólo en el lugar del más sabroso, sino como un beneficio para la salud. Este beneficio estaría asociado con su principal componente, el ácido oleico. Este componente tiene propiedades que no dejan de asombrar como virtudes cardioprotectoras, baja el colesterol malo sin reducir el colesterol bueno y con esto mejora la circulación y la presión la arterial. Además tiene funciones en la prevención del cáncer. Al parecer este ácido oleico se inserta en las membranas de las células interviniendo en procesos relacionados con la presión arterial y multiplicación celular. De aquí los beneficios de una dieta mediterránea, ya que contienen altas cantidades de aceite de oliva.
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Hay tipos de comida ya consagradas y famosas en todo el mundo, como la la italiana, por ejemplo, pero en años recientes, la gastronomía de Perú se ha ganado su lugar, gracias a sus sabores, su variedad y multiculturalidad.De hecho, Perú tiene varios restaurantes muy reconocidos a nivel mundial, como Astrid y Gastón, un lugar tan importante, que no puede hablarse del renacimiento de la gastronomía de este país sin mencionar al chef Gastón Acurio y a su esposa, la chocolatera alemana, Astrid Gutsche.Pero, ¿cómo es que ganó fama y qué la hace tan famosa y particular? A continuación te contamos un poco sobre ello.La variedad que aportan sus regiones geográficasEn Perú, costa, montaña y selva convergen en su gastronomía y cada una de ellas ofrece sus propios platos tradicionales cocinados con ingredientes locales. Así, la ya mundialmente conocida quinoa se encuentra en las zonas montañosas; mientras que en la costa se cultivan limas y uvas, y raíces de yuca y peces como el paiche (el pez más grande del río Amazonas) se encuentran en la selva.Su multiculturalidadLa mezcla de sabores en la cocina peruana refleja la mezcla de culturas que han llegado a Perú durante los últimos 500 años. Desde la cocina prehispánica, con sus platos y métodos de cocción como la pachamanca y el cuy chactado, pasando por la colonización española en el siglo XVI, con su introducción de platos de influencia morisca, hasta los inmigrantes chinos que llegaron en el siglo XIX, la cocina se ha fusionado a la perfección. Otras grandes influencias gastronómicas son las cocinas africana, italiana y japonesa.El mejor piscoEste licor famoso por la bebida pisco sour es un excelente aperitivo para antes del almuerzo o la cena. El pisco se destila en regiones del sur del país como Moquegua, Arequipa, Tacna e Ica, y de hecho, en esta última región hay un pueblo que se llama Pisco. Además, hay varios tipos que se diferencian en aroma y sabor: pisco acholado, italia, mosto verde y quebranta. Su enorme variedad de papasLas papas son tubérculos nativos del Perú y de las 5 mil variedades que existen en el mundo, tan sólo en Perú encontrarás 2 mil 694, en todas las formas, colores y texturas. Los peruanos comen papas con casi todos los demás platos y su devoción por la verdura es tan fuerte que incluso tienen su propio día nacional: el 30 de mayo.Por estas y muchas otras razones más, la gastronomía peruana merece seguir siendo reconocida, pero sobre todo, ¡degustada! Si tienes curiosidad, aquí puedes encontrar recetas de Perú, como el famoso ceviche o su papa a la huancaína.
La historia del pan en San Cristóbal de las Casas inicia con las alforjas cargadas de trigo que viajaban, junto a rebaños y otros productos comestibles, con los castellanos que se asentaron en el Valle de Hueyzacatlán. Al asentamiento le siguieron consecuencias. Algunas evidentes, como la hegemonía del trigo en San Cristobal, indisputable hasta el siglo XIX y en relativa competencia con los tuxtlecos, que entraron en la escena en el XVII. Para entonces, las cartas estaban sobre la mesa: San Cristobal tenía ya una vocación panadera, una vocación imborrable, imperecedera.   Aunque de los molinos de la época quedan poco más que recuerdos —y una ruta que se puede hacer por la montañas en bicicleta—, en este destino chiapaneco la identidad sigue ligada al pan: al tradicional y al moderno, al coleto y al europeo. Así, el pan se asoma a la mesa del desayuno, se ofrece como colación a medio día o como cierre de la merienda. El pan está en las casas, en las cafeterías —que tampoco son pocas— y en los restaurantes. Mi primer encuentro con la panadería de la región fue fortuito —poco antes de enterarme que iba a escribir este artículo—. Fue en Sibactel y Aldama, dos de las 60 comunidades que producen café en Chiapas. Fue después de recorrer los cafetales, cerca del medio día. Fue en el patio de secado del beneficio comunitario de Sibactel, con una taza de pozol. Fue en casa del caficultor Pedro Vázquez, donde sus hijas disponen café de olla, horchata y una canasta copada de pan dulce como un gesto de hospitalidad. En esa primera ronda se me quedó impregnada la consistencia firme de los panes —muy distinta a la de los europeos con aire, suaves, esponjosos— y una nota de humo, siempre presente en las cocinas y los hornos de leña que, en este lado del mundo, todavía son comunes.  A mi vuelta al centro de San Cristóbal, y gracias a las recomendaciones de los chefs de Tierra y Cielo, llegué con más intención a la puerta de la panadería Fátima, un local de fachada bicolor —morado con blanco, reconocible a leguas— en la calle Benito Juárez, que tiene más de 30 años en operación.Los anaqueles de Fátima son una librería del amplio repertorio del pan coleto que además de lo ya dicho, es diverso en forma y fondo. Aquí verán montañas trigueñas de panes planos, enroscados o trenzados —mis favoritos—, con cortezas cubiertas de azúcar o ajonjolí, con migajones oscuros o amarillentos, preparados con piloncillo, canela y muchas veces con manteca. Los reconocerán también por su nombre de pila: cazuelejas —quizás las más famosas—, rosquillas, marquesotes, pan de yema o pan de manteca. Los amarán un poquito más porque son una ganga. A riesgo de parecer disco rayado —o la burra al trigo, en una analogía más pertinente—, quiero hacer hincapié en la textura de estos panes: esa que es firme, porosa, a veces arenosa, a veces crujiente. Si me preguntan, esa textura es pretexto, una provocación, un estado ideal que pide a gritos el ahogo de una bebida caliente —café, chocolate, atole, ustedes digan—.  Estudiosos del tema, como Edgar Zulca Báez, atribuyen esta característica a cuestiones más prácticas como la conservación, a que “su estructura compacta garantiza su integridad en el transporte y es resistente a la descomposición”, escribe el académico.Kievf y Marta —que en sus exploraciones panaderas preparan, entre otras cosas, panes de tascalate para el desayuno— me recomendaron complementar la expedición con las panaderías que siguen los pasos de la herencia danesa y francesa. Obediente, me dirigí a los hornos —de lugares como La Casa del Pan, Oh la lá y el Horno Mágico— que complementan, con bollería, croissants, empanadas de hojaldre, chocolatines y mantequilla, la escena panadera. Una historia que, por ahora, es harina de otro costal.
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